Carlos Cassaro es un empresario chiclayano afortunado. Logró en Cajamarca el sueño de todos los peruanos: la empresa contratista propia. Mejor aún porque firmó contrato con Yanacocha, una de las empresas más importantes del país.
Su giro de negocio no encerraba misterios: su empresa, Servicios Generales Don Carlos E.I.R.L., retiraba los residuos industriales de la compañía minera y lo comercializaba por su cuenta y riesgo. Trabajaba con una línea de crédito directamente con Yanacocha avalada por una carta de garantía. Un buen negocio como deberían serlo todos. Recolectaba la mercadería, la vendía, y con el producto de la venta pagaba su deuda en el plazo acordado.
La operación, además, le permitía distribuir los materiales sobrantes entre los pobladores vecinos de bajos recursos económicos. Esa generosa repartición, decían algunos beneficiarios, le granjeaba a “Don Carlos” la buena voluntad de la gente. Se comentaba, con todo derecho si así fuera, que en el futuro incursionaría en política. Sería bueno, cada vez se hace más necesaria una visión emprendedora entre quienes conducen nuestro país.
Sin embargo, en su momento, la empresa minera decidió reciclar parte de sus propios residuos metálicos debido a un tema de reducción de costos, y autorizó a otros contratistas suyos, a retirar también parte de sus saldos industriales del mismo depósito para reutilizarlos en su operación. Cambió el contexto del negocio.
Cuando el contrato terminó -todo tiene un final-, y aunque quedó claro que Yanacocha y "Don Carlos" tendrían otras oportunidades de trabajar juntos, a un grupo de pobladores beneficiarios de los materiales donados por Carlos Cassaro no les agradó la situación. Ellos trataron de presionar a la Mina con acciones violentas para que no cambiara nada. Querían que el mundo siguiera igual y su benefactor pudiera continuar favoreciéndolos, porque a su criterio era un asunto de “responsabilidad social” para con ellos. Ocurrió lo más natural, los pobladores se resistían al cambio.
Situaciones como ésta, lamentablemente, se dan con relativa frecuencia en nuestro medio. El problema es, en esencia, el mismo que desde hace mucho tiempo afecta la paz social de Cajamarca y genera cientos de problemas sociales. El origen de muchos desordenes son las expectativas desalentadas de algunos grupos que se resisten a la realidad y a los cambios, y tratan de resolver situaciones empresariales con medidas “sociales” de acuerdo al interés, bueno o malo, de los beneficiarios.
Esta situación que aparentemente podría pasar como anecdótica o sin mayor importancia para aquellos que no se ven afectados directamente es, sin embargo, una muestra grave, en pequeño, de lo que podría llegar a ser nuestra comunidad y de lo que podemos esperar de nuestro futuro.
Es bueno que los beneficiarios directos y la sociedad en general respalden a sus empresas competitivas y favoritas. La forma correcta es haciéndolas aun más competitivas, adquiriendo sus productos o comprando sus servicios. Ello asegura la prosperidad de una región.
Pero no es bueno tratar de imponer, con marchas o bloqueos de vías, escenarios del mundo empresarial que a nosotros nos gustarían, ya sea en el sector público o privado, basándose en una mal entendida “responsabilidad social”. Al revés, ese es el camino seguro a un futuro sombrío.