jueves, 27 de septiembre de 2007

Un futuro sombrío

Carlos Cassaro es un empresario chiclayano afortunado. Logró en Cajamarca el sueño de todos los peruanos: la empresa contratista propia. Mejor aún porque firmó contrato con Yanacocha, una de las empresas más importantes del país.

Su giro de negocio no encerraba misterios: su empresa, Servicios Generales Don Carlos E.I.R.L., retiraba los residuos industriales de la compañía minera y lo comercializaba por su cuenta y riesgo. Trabajaba con una línea de crédito directamente con Yanacocha avalada por una carta de garantía. Un buen negocio como deberían serlo todos. Recolectaba la mercadería, la vendía, y con el producto de la venta pagaba su deuda en el plazo acordado.

La operación, además, le permitía distribuir los materiales sobrantes entre los pobladores vecinos de bajos recursos económicos. Esa generosa repartición, decían algunos beneficiarios, le granjeaba a “Don Carlos” la buena voluntad de la gente. Se comentaba, con todo derecho si así fuera, que en el futuro incursionaría en política. Sería bueno, cada vez se hace más necesaria una visión emprendedora entre quienes conducen nuestro país.

Sin embargo, en su momento, la empresa minera decidió reciclar parte de sus propios residuos metálicos debido a un tema de reducción de costos, y autorizó a otros contratistas suyos, a retirar también parte de sus saldos industriales del mismo depósito para reutilizarlos en su operación. Cambió el contexto del negocio.

Cuando el contrato terminó -todo tiene un final-, y aunque quedó claro que Yanacocha y "Don Carlos" tendrían otras oportunidades de trabajar juntos, a un grupo de pobladores beneficiarios de los materiales donados por Carlos Cassaro no les agradó la situación. Ellos trataron de presionar a la Mina con acciones violentas para que no cambiara nada. Querían que el mundo siguiera igual y su benefactor pudiera continuar favoreciéndolos, porque a su criterio era un asunto de “responsabilidad social” para con ellos. Ocurrió lo más natural, los pobladores se resistían al cambio.

Situaciones como ésta, lamentablemente, se dan con relativa frecuencia en nuestro medio. El problema es, en esencia, el mismo que desde hace mucho tiempo afecta la paz social de Cajamarca y genera cientos de problemas sociales. El origen de muchos desordenes son las expectativas desalentadas de algunos grupos que se resisten a la realidad y a los cambios, y tratan de resolver situaciones empresariales con medidas “sociales” de acuerdo al interés, bueno o malo, de los beneficiarios.

Esta situación que aparentemente podría pasar como anecdótica o sin mayor importancia para aquellos que no se ven afectados directamente es, sin embargo, una muestra grave, en pequeño, de lo que podría llegar a ser nuestra comunidad y de lo que podemos esperar de nuestro futuro.

Es bueno que los beneficiarios directos y la sociedad en general respalden a sus empresas competitivas y favoritas. La forma correcta es haciéndolas aun más competitivas, adquiriendo sus productos o comprando sus servicios. Ello asegura la prosperidad de una región.

Pero no es bueno tratar de imponer, con marchas o bloqueos de vías, escenarios del mundo empresarial que a nosotros nos gustarían, ya sea en el sector público o privado, basándose en una mal entendida “responsabilidad social”. Al revés, ese es el camino seguro a un futuro sombrío.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Una pregunta para los brujos

La noticia corrió como reguero de pólvora: “Un joven rondero fue herido alevosamente de dos balazos por un minero el 26 de agosto, cuando se alistaba a repartir volantes en favor de la consulta popular para detener las actividades de la empresa minera Majaz, en Piura”.

Efectivamente, según los diarios regionales y las notas propaladas por Internet, el comunero Joel Rivero Chimbo, declaró que una persona se le acercó, sacó su revólver y antes de descerrajarle dos tiros en el pecho le dijo –con la mayor claridad, no fuera a ser confundido con un delincuente común: “Yo soy minero y estoy a favor de la mina Majaz”. Sólo faltó que el atacante dijera su nombre y su número de documento nacional de identidad.

La versión real, la que dio el herido a la policía y no tuvo más que una pequeña nota aclaratoria de prensa, es que ciertamente el joven ayabaquino fue baleado, pero no en un enfrentamiento por la defensa de sus firmes convicciones ambientalistas, sino en medio de una pelea de borrachos a la salida de un evento social.

No obstante, la primera versión del ataque es muy parecida a la de un cura ambientalista paisano que se lamentaba porque las fuerzas del mal habían difundido a los cuatro vientos que lo iban a matar. Según el ecologista, una misteriosa madrugada de abril, tres encapuchados armados con ametralladoras irrumpieron en sus oficinas, preguntaron por él y anunciaron, con la más absoluta sinceridad, su intención de asesinarlo. Aunque los encapuchados tampoco dijeron sus nombres, la supuesta víctima dejo entrever en sus declaraciones, con mucha menos franqueza que los supuestos sicarios, por supuesto, que una empresa minera era la autora intelectual de la amenaza.

Decía Marx: “La historia se repite en comedia”, y nosotros le agregamos: “… o en tragedia”. En Cajamarca la repetimos en tragedia. Veamos. Según cierta prensa precipitada, la semana pasada se conoció la noticia de que “más de cinco mil truchas” habían muerto los últimos días de agosto en el río Pisit. Los campesinos de Pulán –decía la nota-, avistaron los cadáveres y enseguida, sin anestesia de ninguna clase, culparon a la compañía minera La Zanja por el evidente “truchicidio”. ¿Quién más podía ser el responsable? Todos lo saben: el entretenimiento favorito de los mineros es envenenar las aguas de los ríos para matar truchas.

La aclaración no se hizo esperar. Minera la Zanja no pudo ser responsable del lamentable acontecimiento por una razón elemental: El proyecto La Zanja no se encuentra ubicado en la microcuenca del río Pisit. Un imposible geográfico. Además, los pobladores del centro poblado menor de Pisit anunciaron que en su piscigranja, ubicada en el mismo río, aguas arriba del avistamiento, no ocurrió daño alguno. Obviamente, el suceso fue un atentado puntual o un simple acto de pesca ilegal. Por otro lado, las mismas autoridades de la zona notificaron que las truchas muertas no eran cinco mil, sino menos de doscientas. Una pequeña diferencia.

Encontrar truchas muertas en los ríos de Cajamarca y automáticamente culpar a las empresas mineras es un hecho común en nuestra región. Ocurre desde hace años. Y no sólo pasa con las truchas, también sucede con los incendios. El 23 de septiembre del 2002, el día preciso en que un grupo de ecologistas paseaban por las inmediaciones de Cerro Negro, propiedad de Yanacocha, un misterioso incendio dio cuenta de nueve hectáreas de pastos y una hectárea de pinos. A los ambientalistas, por supuesto, les faltó tiempo para correr a la prensa y denunciar a la mina por incendiaria. Claro, aparte de envenenar truchas por puro gusto, a los mineros les encanta quemar sus propios bosques.

El lunes pasado ocurrió lo mismo. Probablemente las mismas manos que le prendieron fuego al bosque de Cerro Negro y que hace unos meses quemaron una tubería de la mina, en un acto de terrorismo ecológico sin precedentes en el país, provocaron la quema de mil árboles de pino que ocupaban dos hectáreas de terreno de la empresa minera. ¿Coincidencias? De ninguna manera. Las coincidencias no existen.

Alguien está detrás de todos estos acontecimientos. Existe un responsable, una persona con el disfraz perfecto para pasar desapercibida y con los recursos suficientes para fraguar tales patrañas. Un hacedor de conflictos. ¿Quién está detrás de todo esto? ¿Quién odia tanto la actividad minera para querer que desaparezca de Cajamarca y salir ganando con todos estos lamentables acontecimientos?

Se lo pregunté a un poblador de Porcón. El buen hombre me respondió: “Esa pregunta es para los brujos, ingeniero”.