miércoles, 25 de noviembre de 2015

¿Después, qué vendo?


Cajamarca tiene anécdotas simpáticas. Una de ellas cuenta la insólita respuesta de una humilde vendedora ambulante. La mujer tenía dos montoncitos de rocotos exhibiéndose en la vereda sobre un pedazo de plástico. Cuando una clienta le preguntó: ¿Cuánto me cobras por todo? Ella le contestó que no podía llevárselos, con un argumento definitivo: ¿Después, qué vendo?
Lo mismo se preguntan los políticos “ecologistas” que convocaron a quinientas personas para invadir los predios del suspendido proyecto Conga. Si éste se detuvo, volvió la calma a la ciudad, y poco a poco se recupera la razón colectiva, ¿Después, qué vendo?
Es que ellos “vendieron”, a piedras y a palos, el cuento de que Conga era el enemigo -un monstruo sediento- al que debían enfrentarse los valientes “ecologistas” para salvar a Cajamarca de la falta de agua. Ahora se sabe que sólo era una estrategia de terror para ubicarse en expectantes posiciones de la política nacional y local. Ese era el botín.
Lograron su objetivo truncando una inversión de 4.800 millones de dólares, y desvaneciendo seis mil puestos de trabajo directos y otros tantos miles indirectos en la actividad minera. A Yanacocha no le quedó otra que informar al país la suspensión de su proyecto, desmontar sus campamentos, vender los activos adquiridos y cancelar las órdenes de compra de miles de bienes y servicios.
La interrupción violenta trajo de la mano la paralización del proyecto Galeno. Poco después Michiquillay fue devuelto al Estado por la concesionaria. En Cajamarca se detuvo también el comercio, la construcción y el turismo. De acuerdo a los cálculos de la Cámara de Comercio se perdieron alrededor de 70 mil puestos de trabajo y la región cayó en recesión. Se llamó “el efecto Conga” a la debacle económica causada por los “ecologistas” irresponsables que hoy pretenden ser gobierno nacional.
Su plan acabó con éxito, aunque causó perjuicios de los que Cajamarca no se recuperará en décadas. Daño colateral, le llaman. No obstante, para mantener lo ganado y lograr lo que aún esperan recibir, necesitan que el conflicto siga vivo. Hacer creer que Conga se sigue construyendo, aunque sea a pedacitos, y a escondidas de todo el mundo. Por eso armaron en los últimos días un conflicto mediático de ficción que legitimara la “inspección” delincuencial de ayer en los alrededores de la laguna El Perol.
La estrategia es vieja pero funciona. Como el pastor del cuento, de cuando en cuando, gritarán que el proyecto está en marcha y que es necesario movilizarse para evitarlo, hacer una "inspección" por aquí o por allá, o bloquear carreteras para detenerlo. Eso, aunque sea mentira, da prensa. No les sirve de nada un proyecto paralizado. El próximo pretexto será Quilish y el fabuloso túnel que algún pobre de entendimiento dice que se está construyendo para explotar el cerro desde abajo.
Como sea, esta vez sembraron la duda, y con tanta desinformación en el medio lo que se pregunta la gente de buena voluntad –algunos con la esperanza de que sea cierto- es: ¿Yanacocha continúa construyendo el proyecto Conga? Y la respuesta es sencilla: No. El proyecto minero está paralizado.
¿Entonces, qué trabajos se están haciendo en la zona? Fácil. Cuando el proyecto paralizó bruscamente sus actividades se retiraron las dos compañías a cargo de su construcción. Una firma de ingeniería con renombre mundial y la constructora más importante del país. Construir una mina así es una tarea grande.
Con las contadas empresas de la zona que quedaron en pie, a las que no les quemaron sus máquinas y sobrevivieron a la crisis financiera de ese momento, se concluyó una carretera que ya estaba empezada y se hicieron algunas obras ofrecidas a la comunidad. El reservorio Chailhuagón, por ejemplo, se hizo casi totalmente con mano de obra local.
Así estaban las cosas cuando se anunció que el fenómeno del Niño que viene será el más fuerte de los últimos 65 años. Si bien las lluvias son una bendición, en exceso pueden causar muchos daños. Uno de ellos, de carácter ambiental, es el arrastre de sedimentos. Lava y arrastra la superficie de cerros y caminos llevando partículas de tierra que contaminan y saturan los cursos de agua. Por ello se empezaron las labores de prevención. Por ejemplo, se protege taludes y se construyen serpentines y canales de derivación de aguas de lluvia. Es lo que se debe hacer.
Se contrató mano de obra local y se socializó el programa con las autoridades vecinas a Conga. La compañía, además, difundió sus acciones a través de la prensa y los pobladores confirmaron lo dicho. Los trabajos terminarían en diez días, y la empresa invitó públicamente a las personas, verdaderamente interesadas en lo se estaba haciendo, a solicitar un pase de ingreso para visitar la propiedad, como hace la gente de bien.
¿Se confundieron entonces los “ecologistas” desavisados? No. Ese era el plan. Hay que tener muy mala leche para confundir una obra minera de seis mil trabajadores, con las labores de protección ambiental que hacen hoy día unos cien. O igualar el movimiento de cientos de máquinas por todo el lugar con lo que hacen puntualmente, ahora, un par de volquetes y un cargador frontal. La invasión a la propiedad y los desmanes de ayer son parte de su estrategia para mantener vivo el conflicto de propaganda y alarmada a la población. Un plan para tener algo que puedan vender.
¿Cuál fue el resultado de la brutal “inspección”? Como en las tragicomedias, no se sabe si reír por el absurdo o llorar de la pena al escuchar el informe radial que, con tono triunfal, dio ayer un líder “ecologista” de espíritu puro desde la laguna El Perol:
“Encontramos palas y mallas. ¡Hemos podido comprobar que quizá se sigue haciendo el proyecto Conga!”.
Qué lástima, pobre país.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Lo malo de las minas


Eso es lo malo de las minas: se acaban. Por eso las compañías mineras dedican una buena parte de sus ingresos, tiempo y esfuerzo, a buscar nuevos yacimientos. Aquellas que no lo hagan, o que haciéndolo no obtengan buenos resultados, o que teniéndolos nos las dejen trabajar, tienen su fecha de defunción tatuada en la frente.

No se acaban de un día para otro. Los recursos disminuyen gradualmente y poco a poco se van cerrando frentes de trabajo. Las operaciones, requerimientos de bienes y servicios, contratación de personal y contratos de obra, se van reduciendo en el tiempo hasta su eventual cierre definitivo. Es natural.

Esto que es sencillo de comprender para la mayoría de los mortales le sabe a chino, en cambio, a algunas personas que no lo quieren entender porque simplemente no conviene a sus intereses. Los sicólogos le llaman: “La negación”. Es un mecanismo de defensa que consiste en enfrentarse a los problemas negando su existencia. Los individuos se niegan a reconocer la realidad.

Le pasa, por ejemplo, a la empresa Inversiones WG Quishuar S.A. Sus noventa socios no entienden porqué Minera Yanacocha no les “da” un contrato como el que tuvo en años pasados cuando se llamaba Quishuar Múltiples Servicios Generales S.A., y facturaron a la compañía minera la bonita suma de cuatro millones de dólares.

Los empresarios como ellos no aceptan la realidad y no quieren reconocer que la producción de Yanacocha disminuyó a menos de la tercera parte en pocos años y que, por lo tanto, sus servicios como los de otras decenas de empresas contratistas de aquí y de allá simplemente ya no son necesarios.

Prefieren creer que Yanacocha no les “da” un contrato porque no le da la gana de dárselos, y que para conseguirlo hay que doblarle el brazo invadiendo su propiedad y paralizando sus operaciones. Así, a la mala, le arrancarán el contrato que no reciben por las buenas. Ente octubre y noviembre los “emprendedores” invadieron las operaciones de Yanacocha en cuatro oportunidades. No parece una buena carta de recomendación.

No obstante, los líderes que mueven a estos pobladores no son tontos. Ellos saben bien que su exigencia es un despropósito y entonces la disfrazan de “conflicto social”. “Yanacocha –dicen- no brinda oportunidades a las empresas de la zona”. Olvidan convenientemente los cuatro millones de dólares que facturaron ellos mismos y los contratos por cinco millones de dólares que otras empresas de Quishuar también tuvieron, y que actualmente trabajan en la mina. Eso también se acabará en algún momento.

¿Qué puede hacer Minera Yanacocha al respecto? Nada que no sea quitarle a Pedro para darle a Juan, pero eso no soluciona el problema, más bien lo agrava.

La realidad es terca. Las minas se acaban y ésta se está acabando. La compañía está haciendo grandes esfuerzos en reducción de costos para seguir siendo rentable e invirtiendo en tecnologías que le permitan poner en valor algunas reservas, con miras al desarrollo futuro de otros proyectos. Mientras tanto viene haciendo los ajustes necesarios a su nueva dimensión: su personal de planilla, por ejemplo, se reduce desde hace dos años, y ya va llegando a la mitad de lo que era en su mejor momento.

No menos dramática ha sido la disminución de paquetes de contratos que, se estima, para el 2016 será mucho menor a lo contratado en 2015, que ya era poco en comparación con otros años.

¿Qué pueden hacer las empresas contratistas? Fácil. Las competitivas deberán buscar frentes de trabajo en otros lares o cambiar su giro de negocio. Según la candidata presidencial Vero Mendoza la economía de Cajamarca puede reactivarse con actividades agrícolas y ganaderas. Que bueno. Allí tienen una oportunidad. Las que no son competitivas tendrán que disolverse. No se puede hacer –decía un buen amigo- arroz con pato, sin pato.

Lo lamentable de esta historia es que estamos siendo testigos de un destino cambiado. En vez de presenciar el crecimiento incesante y furioso de nuestras empresas, y gozar de los beneficios de un fortalecido tejido empresarial, gracias al desarrollo de nuestra actividad minera; en Cajamarca estamos asistiendo pasivamente al declive absurdo y criminal de su aparato productivo.

¿Cambiarán las cosas en el corto plazo? No lo creo. Nada indica que nuestros líderes políticos vayan a entrar en razón, mucho menos en una etapa electoral como la que estamos viviendo. En estas épocas, decía un analista, “El optimismo, generalmente, es la antesala de la desilusión”.