martes, 26 de noviembre de 2013

La mina mala y el chivo emisario


El escándalo empezó la semana pasada con una denuncia anónima. El confidente, quien dijo ser uno de los siete mil trabajadores de la mina Yanacocha, supuestamente agobiado por el peso de su mala conciencia, llamó por teléfono al programa radial del periodista Jorge Pereyra y, al aire, sin mayores detalles, denunció que la empresa minera había vertido agua contaminada al río.

- Aló, señor Pereyra, le habla un trabajador de Yanacocha. Nosotros nunca nos hemos visto, ni hemos acordado esta llamada. No le puedo dar mi nombre, mi número de DNI, ni mi celular. Le llamo de un teléfono público para que nadie me identifique, y para contarle que mi empresa ha soltado agua contaminada en el río.

Inmediatamente, el programa empezó a recibir llamadas telefónicas de otros honrados ciudadanos quienes incitaban a una movilización pública para exigir explicaciones a Yanacocha y a las autoridades por el grave atentado ecológico que develó el honorable denunciante anónimo. Una mujer deslizó la idea de que esa era la verdadera causa del cierre de abastecimiento de agua potable a la ciudad y no, como había explicado Sedacaj en un pronunciamiento público: que el corte se debía a la rotura accidental de una tubería matriz.

El delator incógnito, obviamente desconocía que para verter al río agua “sin tratar” la empresa minera tendría primero que anular el funcionamiento de una Planta millonaria destinada a esa labor, apagar las computadoras y las alarmas más sofisticadas del mercado, desarmar un complicado sistema de filtros, anular decenas de controles, y, finalmente, taparle los ojos a cientos de ingenieros, técnicos especializados y personal propio, y de empresas contratistas, vinculado a ese proceso.

Por otro lado, para cubrir su falta, la empresa también tendría que alterar decenas de puntos de monitoreo instalados en la cuenca que son administrados por los pobladores usuarios de los canales de riego que toman periódicamente muestras de agua y las envían a analizar a laboratorios especializados.

No obstante, ninguna de estas consideraciones evitó que un par de políticos irresponsables y activistas anti mineros culparan a Yanacocha de un delito inexistente. Intentaron paralizar la ciudad como hicieron hace algunos años cuando echaron unas gotas de mercurio a un balde de agua, y con el cuento de que salió por el caño de una vivienda se lanzaron a las calles con palos en la mano causando alarma y pánico en la población. Esta vez no les resultó.

La semana pasada también, los auto proclamados defensores del medio ambiente tenían programada una charla “científica” en el auditorio del pedagógico Victorino Elorz Goicochea. Las exposiciones magistrales –decían- iban a demostrar, definitivamente, que el proyecto Conga era inviable. Sin embargo, al llegar al local para desarrollar su evento, se encontraron con las puertas cerradas y ninguna persona que les diera una explicación. Tuvieron que posponer la charla y buscarse otro escenario.

Las denuncias no se hicieron esperar. Inmediatamente, sin ninguna prueba, culparon del contratiempo a Yanacocha porque, a su criterio, esa era la estrategia de la empresa para callarlos. El argumento, por supuesto, es necio. Sería como tumbar muros para que no se pinten grafitis. Por lo demás, ese comportamiento es normal. No nos sorprenda que en las próximas semanas aparezcan denuncias de supuestas afectaciones a la planta de tratamiento El Milagro, irregularidades en la construcción del laboratorio de análisis de agua, y otros intentos por mantener el conflicto social latente con miras a las elecciones del próximo año.

¿Por qué se aprovecha cualquier problema para culpar impunemente a Yanacocha? La respuesta es sencilla. Desde antiguo, se ha tendido a culpar por los males que sufre una región a una determinada persona o institución. Se busca castigar al presunto culpable para ocultar y librar de las sanciones a los verdaderos responsables, o para distraer al pueblo y evitar que se dé cuenta de que los acusadores están haciendo de las suyas.

A este modo de actuar, que viene de muy lejos, se le llama “el mito del chivo emisario” descrito en la Torá. En los tiempos bíblicos, se cargaba a un chivo o cordero con el registro de los pecados de la tribu y, así abrumado con su carga, se lo enviaba a perderse en el desierto. Gracias a esta función redentora la sociedad quedaba limpia, lista para volver a empezar. Hoy es una suerte de asesinato colectivo de una institución, de una persona, o de su imagen, para liberar a otros de la responsabilidad que, de otra manera, recaería sobre ellos.

Es de suponer, a estas alturas, que la sociedad cajamarquina ya sabe bien quién es el “chivo emisario” de todas estas malas historias y quiénes son los sinvergüenzas que están haciendo de las suyas contando el cuento de la contaminación ambiental y la mina mala. Como debe imaginar, también, el futuro que nos espera si esa gente llega o se mantiene en el gobierno de la región y el sillón municipal.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

El accidente de Sedacaj


Los enemigos del desarrollo volvieron a rasgarse las vestiduras. “Otra vez los mineros nos van a dejar sin agua”, alertaba por la radio un conocido profesor de barba descuidada y voz aguardentosa. El mal educador llamaba a la “unidad popular” incitando a una revuelta contra las autoridades “arrodilladas a Yanacocha”, porque Sedacaj cortó el abastecimiento y no hubo agua potable en Cajamarca durante tres días, el fin de semana pasado.

Otros dirigentes advertían, en el mismo medio, que “ésta falta de agua (ocasionada por la mina) es un ejemplo para las futuras generaciones”. Por su lado, una pobladora, debidamente aleccionada, aseguraba que la ciudad se quedó sin agua potable “por culpa de Yanacocha”. La acusación más perversa la deslizó otra mujer: “el corte de agua bien pudo deberse a un derramamiento de residuos tóxicos”.

¿Qué pasó en realidad para que la empresa proveedora de agua potable cortara el suministro? Simple. La respuesta la dio a la prensa local el jefe de Imagen Institucional de Sedacaj, Otto Quevedo. El jueves pasado por la tarde -dijo-, a la altura del km. 2.7 de la carretera a Bambamarca, una máquina que trabaja en el tendido de la nueva red para abastecer con más agua potable a la ciudad "fracturó" por accidente una tubería de 17 pulgadas de diámetro, dejando sin servicio al 70% de los usuarios.

Inmediatamente -continuó Quevedo- se formaron cuadrillas de mantenimiento con trabajadores especializados. La reparación culminó el viernes, sin embargo, volvieron a tener problemas el sábado. Solucionado el problema definitivamente, el domingo se repuso el servicio a la población, refirió el funcionario. Durante la emergencia, añadió, Sedacaj dispuso de “siete cisternas para distribuir agua en las zonas periféricas de la ciudad”. Quevedo pidió disculpas a la población afectada, y señaló que la labor de Sedacaj es estrictamente técnica y social.

Con respecto a la turbidez con la que llega el agua a las viviendas en estos días, dijo que se debe al sarro de las tuberías, y recomendó “dejar momentáneamente correr el agua” antes de usarla. Explicó que esto es normal y ocurre “cuando hay movimiento de tuberías de grandes volúmenes”. Recalcó que “eso no se debe a contaminantes”. Finalmente -aunque pecando de inocente- el jefe de imagen exhortó a los candidatos diciendo que: “No se debe sacar provecho político de este problema”.

¿Minera Yanacocha tuvo alguna responsabilidad en este hecho, como aseguran los paladines del agua potable? Sí. Probablemente sea cierto. Me explico.

El cambio de tubería que realiza Sedacaj es para reemplazar una más angosta, menos apropiada y a punto de colapsar por antigüedad. Con ello se trasladará más agua a la ciudad beneficiando a miles de pobladores que no contaban con servicio adecuado o simplemente no tenían ninguno. Esto se está haciendo gracias a una donación de cerca de veintisiete millones de soles que la empresa minera entregó a la cuidad para financiar siete proyectos de agua que favorecerán a alrededor de 180 mil pobladores.

Quizá si los “sinvergüenzas” mineros -como denuncian los enemigos del desarrollo- no estuvieran financiando las obras, estas no se estarían haciendo y, en consecuencia, no hubiera ocurrido ningún accidente, ni se hubiera cortado el agua potable durante tres días.

No obstante, la población cajamarquina, las autoridades serias y la empresa minera, han enfrentado con madurez este nuevo intento de los activistas anti mineros por prenderle fuego a la ciudad con uno de sus acostumbrados escándalos mentirosos: no les han hecho el menor caso. Quienes están aprovechando la situación, en cambio, y quizá sean parte de la estrategia de alarmar a la población, promover el disturbio y ganar figuración, son algunos candidatos al sillón municipal de Cajamarca y alrededores.

Lo bueno es que estos últimos se están apresurando a mostrarse tal como son. No parece probable que Cajamarca vuelva a elegir a esos incompetentes que hacen política provocando escándalos y asustando a la población. Luego se molestan cuando, con razón, la opinión pública los llama: terroristas.