El congresista cajamarquino Jorge Rimarachín anunció a los cuatro vientos que el viernes 27 de enero viajaría a la zona del proyecto Conga para “dialogar con la laguna El Perol”. El padre de la patria aseguró que las lagunas, al igual que las plantas y los animales, tienen vida y que cumpliendo con un ritual ancestral él iba a conversar con ella. Refirió que le rendiría un tributo a fin de obtener su apoyo en su sacrificada lucha por la defensa del medio ambiente.
No era broma. Rimarachín hablaba en serio. Hace algunas semanas hizo otra propuesta sorprendente exponiéndose en televisión nacional: sugirió que la mina Yanacocha ubicada sobre los 3,800 metros de altura, en vez de captar agua de lluvia, utilizara agua de mar en sus operaciones. No aclaró si se refería al océano pacifico o al atlántico. Sería bueno preguntarle.
¿De dónde saca esas iniciativas brillantes? Ese tipo de ocurrencias, con total desprecio por el sentido común e inspiradas en supersticiones, reflejan un riesgo enorme a la hora de tomar las decisiones que conduzcan el destino de la región y del país. Si el congresista sinceramente cree que una laguna puede escucharle y acompañarlo en su aventura mesiánica, entonces es capaz de elucubrar cualquier barbaridad.
¿Qué se puede hacer con una persona así? Algunos piensan que se trata de un personaje inofensivo que se está haciendo fama de loquito y al que no se le puede tomar en serio. Con no volver a votar por él será suficiente para que desaparezca. Otros en cambio lo empiezan a ver como un irresponsable que trata de destruir el estado de paz y el camino de prosperidad por el que avanza la región, asociándose con los peores adversarios del progreso y opinan que se le debe tratar como lo que ha elegido ser: un enemigo del desarrollo de Cajamarca.
Lo cierto es que Rimarachín no está loco. La intención de nuestro pintoresco congresista, con su show mediático, fue adelantar a los que son a la vez sus socios y rivales políticos robándoles cámara de repercusión nacional con miras a la famosa marcha por el agua. La jugada quedó clara y ahora tendrá que dar explicaciones a quienes lo acompañan en la organización de esa proactiva aventura.
Es curioso. Los gestores políticos de la marcha por el agua están difundiendo esa actividad como un rechazo contra la empresa Yanacocha que, supuestamente, está matando de sed a la población cajamarquina. La realidad es al revés. No hay ninguna institución en Cajamarca, ni siquiera Sedacaj, que haya hecho tanto para captar y gestionar más agua en la región que la compañía minera. Me explico.
En el Perú, de acuerdo a fuentes oficiales, discurren superficialmente 2 billones de metros cúbicos de agua de lluvia. De ese gran volumen el 98.53 %, casi todo, termina en el océano Atlántico (97.7%), Pacifico (1.8 %) y el lago Titicaca (0.5%) Lo que utilizamos los peruanos es el 1.47% de todo lo que discurre. Qué desperdicio. De esto último, el 0.54% lo usan las hidroeléctricas que sólo aprovechan su fuerza de paso y después esa agua igual termina en el mar.
Nuestro consumo real, de esos 2 billones de metros cúbicos de agua, es a fin de cuentas solamente el 0.93%, algo de 19 millones, de los cuales 16.3 son para uso agrícola, 1.3 para la población, 1.1 para la industria, 0.09 para uso pecuario y 0.21 para uso minero. Está claro entonces que la gran necesidad de agua para impulsar el desarrollo no se va a obtener quitándole a la minería ese 0.21 millones de metros cúbicos que utiliza, sino captando más agua de lluvia para los usos que demande nuestro crecimiento económico.
Para ello, la solución es obvia. Como decía nuestro distinguido y apreciado amigo Don Pablo Sánchez, lo que hay que hacer es “cosechar” agua y para eso necesitamos reservorios. Yanacocha, dentro de su plan de mitigación, ha construido tres diques alrededor de sus operaciones y un depósito inmenso de 6 millones de metros cúbicos de agua: el reservorio San José. Todas estas fuentes son regulables y permiten el uso dosificado de agua, sobre todo en épocas de sequía, en beneficio de las comunidades vecinas al yacimiento minero. Además, la compañía en alianza con los mismos pobladores ha construido cientos de reservorios familiares en las comunidades vecinas.
De igual manera, el proyecto Conga propone la construcción de represas que prácticamente triplicarán la cantidad de agua que pueden retener las cuatro lagunas involucradas en la operación y que actualmente les sirven de poco o nada a los pobladores porque no hay forma de utilizarla durante la época seca.
La marcha por el agua, si de algo sirve marchar en vez de poner manos a la obra y empezar a construir reservorios, debería tener por objetivo que las autoridades de todo el país reflexionen sobre la necesidad de cosechar agua a lo largo y ancho de nuestro territorio, tal como lo está haciendo la empresa Yanacocha.
Le pedí a un amigo su opinión profesional sobre el episodio protagonizado por Rimarachín con respecto a la laguna El Perol. El siquiatra me contestó que, al parecer, nuestro legislador no tiene ningún problema médico. “Hay personas que hablan con sus perros, otros con sus flores y hasta con sus autos. Es normal que él le hable a la laguna”, dijo el galeno. “Lo anormal sería que la laguna le conteste”, agregó.