Era uno de los dioses romanos más populares. Estaba representado por dos rostros con las miradas opuestas. Uno miraba la salida del sol y el otro divisaba el ocaso. Le llamaban Jano, el dios de los cambios y las transiciones. Era el preferido de aquellos que deseaban variar el orden de las cosas.
La gente no salía de sus casas sin dirigirle una plegaria, la oración matutina, y sus devotos no emprendían ningún proyecto serio, como casarse o comenzar una guerra, sin implorar su bendición y asistencia. Era un dios bueno.
Probablemente, Jano, el dios de las dos caras, también hubiera sido nuestro favorito en esta época. Sobre todo ahora que tratamos de atraer sobre Cajamarca algunas de las millonarias inversiones empresariales anunciadas por el Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico (APEC)
Efectivamente, los representantes de la región, junto a otros delegados nacionales, también viajaron a Lima para participar en los foros con las delegaciones visitantes y mostrar las bondades de nuestro particular paraíso de inversiones a los embajadores comerciales.
¿Qué puede ofrecer el Perú? De todo. Además de potenciales yacimientos minerales y un suelo espléndido en el que se pueden desarrollar interesantes y rentables agro industrias, contamos con un mar y una selva generosa, proveedoras de variadas y riquísimas especies. Pero, sobre todo, tenemos profesionales altamente capacitados y mano de obra hábil y desocupada lista para generar toda clase de servicios, dedicarla a la industria o apoyar cualquier aventura empresarial.
No obstante, en las regiones más apartadas del país, la población también está esperanzada en que las empresas multinacionales –aunque no sea su función- se animen a invertir en grandes obras de infraestructura como carreteras, puentes, centrales hidroeléctricas, redes de agua, represas, etcétera. Ya no interesa quien las construya, lo que importa es que se hagan.
Quién sabe, puede ser que el mismo espíritu empresarial que sacó de la pobreza extrema a muchas naciones del Asía en pocos años, también haga sus milagros por aquí. Sin embargo, antes de entusiasmarnos y de entusiasmar a otros, habría que reflexionar sobre cuan verdaderamente atractivo es nuestro pueblo para que alguien, cualquiera, se anime a invertir su capital en esta viña del señor. Veamos.
¿En el Perú, se respeta rigurosamente la ley o se hace en última instancia lo que el pueblo –esa masa anónima de gente- quiere? ¿Existe un Estado de Derecho que garantice plenamente el respeto por los contratos y las inversiones o se impone finalmente la violencia? ¿Contamos con un Poder Judicial al que se acude en todos los casos, o el pueblo –la voz de Dios- se hace justicia por su propia mano bloqueando carreteras, destruyendo puentes, saqueando mercados o incendiando edificios públicos, cuando algo le incomoda?
Si queremos que las inversiones lleguen al país, los peruanos debemos entender que, además de los grandes capitales extranjeros, la tecnología moderna y la visión para los negocios, es necesario respetar las leyes, vivir bajo el imperio de un Estado de Derecho y dirimir nuestras diferencias con altura y respeto por los demás.
No podemos continuar teniendo, por un lado, miles de necesidades cuya satisfacción ya no soporta más postergaciones, junto a la posibilidad de que los acuerdos comerciales traigan nuevas inversiones al país. Y por el otro lado, una gruesa cantidad de paisanos con temperamento suicida que, por más legítimos que sean o parezcan, buscan resolver sus problemas o atender sus intereses utilizando una agenda de violencia.
No hay otra salida, si queremos ser competitivos y atraer las inversiones que generen trabajo y riqueza, debemos realizar un cambio de actitud sincero y hacer del Perú un país en el que impere el Estado de Derecho y la paz social, de lo contrario será mejor buscar un dios todopoderoso que, como Jano, pueda ver y bendecir por igual, los extremos absurdos de nuestra enrevesada realidad.