Sería estupendo que los cerros estuvieran llenos de oro, pero no es así. La parte que lo contiene es llevada por los mineros a una pila de lixiviación y la que tiene muy poco o nada de metal dorado se acumula en otro lugar, especialmente acondicionado, para formar un cerro nuevo. Los que desconocen el tema y algunos mal hablados les llaman relaves pero no lo son. No se trata de restos de material de algún proceso industrial, sino de un amontonamiento de tierra, tal cual estaba en la naturaleza.
No obstante, ese nuevo cerro origina un problema. Cuando recibe agua de lluvia que de por sí es levemente ácida (pH 5,5) ésta se mezcla con las partículas microscópicas de los minerales que pudieran estar al descubierto, como la pirita por ejemplo, y ocurren cambios en su composición. Para hacer una comparación de acides, el vino tiene pH4, el vinagre tiene pH3, y la Coca Cola alrededor de pH2.
La nueva composición del agua le da una particularidad: puede disolver metales. Por eso, antes de que el líquido se incorpore al medio ambiente se procesa para extraer cualquier partícula de metal que haya arrastrado y elevar su pH a un nivel acorde con el tipo de agua para la zona. Eso es lo que hace Yanacocha, represa el agua con pH reducido, “ácida”, y la bombea a través de tubos para su tratamiento.
Hace cuatro años Yanacocha sufrió un atentado ambiental. Manos desconocidas rompieron a machetazo limpio la tubería que estaba a la vista, y el agua sin tratar inundó los campos malogrando las plantaciones vecinas. Los autores del crimen nunca fueron identificados. La empresa, aunque fue la víctima directa, compensó económicamente a los campesinos por la pérdida de sus sembríos. Lamentablemente, fue un gesto de responsabilidad social mal entendido por los comuneros.
Con el atentado, la empresa minera aprendió la lección. Para evitar un nuevo ataque, enterró la tubería e implementó las medidas de control necesarias: construyó un canal de derivación para prevenir que, en caso de un accidente, el líquido volviera a inundar los campos aledaños. Eso es prevención.
El accidente hipotético se convirtió en real el 17 de febrero pasado. La máquina de una contratista golpeó accidentalmente la tubería y lanzó su contenido al exterior. Las medidas de prevención funcionaron. El bombeo fue cortado en apenas diez minutos y casi toda el agua se contuvo en el canal de derivación. Una pequeña cantidad, un reboce, llegó a un canal que recibe varios cientos de litros de agua natural por segundo desde otro lugar, sin causar alteración alguna. Fue como echar una gota de vinagre en una piscina olímpica. Por su parte, Sedacaj ha confirmado que sus análisis de agua del día 17 “no presentan signos de alteración en su calidad”.
¿Yanacocha debía informar el incidente? Sí. Era su obligación. Aunque “el impacto” al medio ambiente fuera insignificante, y sus propios análisis del canal le indicaran de que no hubo modificación alguna en la calidad del agua, sus procedimientos internos y los que adoptó para obtener el ISO 14001, un sistema de gestión ambiental internacional, la auto obligó a comunicar el hecho a las instituciones involucradas dentro de las 24 horas siguientes al incidente.
La comunicación fue cursada de acuerdo a su protocolo al Organismo de Evaluación y Fiscalización del Ambiente - OEFA y a la Autoridad Administrativa del Agua – AAA. También cumplió, de acuerdo con la misma norma, con informar el hecho a los improbables afectados, los usuarios del canal aguas abajo. Dichas comunicaciones, en la práctica y para éste caso, sólo eran una formalidad, porque no había daño ambiental.
Enseguida, los campesinos de la zona, mal liderados por un paisano interesado, trataron de negociar con la empresa minera una compensación por un daño inexistente. Ellos quieren dinero y ese es el meollo de los exaltados reclamos de esta semana.
Lamentablemente, quienes redactaron las normas de procedimientos ambientales no tomaron en cuenta la idiosincrasia de nuestra gente. Somos un país en donde el síndrome de la desmesura es un mal nacional. La expectativa de una compensación económica, aunque sea por un daño inexistente; el rédito político, aunque para ello haya que alarmar irresponsablemente a la población; y la ignorancia de algunas personas y una que otra autoridad inocente, convirtieron un incidente sin trascendencia en un catastrófico “desastre ambiental”.
El mensaje de los interesados por obtener beneficios de la eventualidad, es el único veneno ambiental en esta historia de distorsiones y conveniencias: en nuestro país “hacer lo correcto, no siempre es lo correcto”.