martes, 16 de septiembre de 2008

Educación, educación y educación

No es ningún secreto. La clave para alcanzar al pelotón de avanzada de los países más desarrollados del planeta, es la educación. Lo dijo la Presidenta de Finlandia Tarja Kaarina Halonen, en una reciente entrevista con Andrés Oppenheimer para El Nuevo Herald de Miami. Halonen, una abogada sindicalista de 66 años, refirió que la receta de su país para alcanzar los primeros puestos de los más importantes rankings internacionales que evalúan el éxito social, económico y político de las naciones, fue simple: “Puedo resumirlo en tres palabras -dijo: educación, educación y educación”.

La fórmula es buena. La República de Finlandia, un país de 338.145 km2 -Perú tiene 1'285,216 Km2-, con menos de la quinta parte de nuestra población, tan sólo 5.3 millones de habitantes, que hace apenas dos décadas era el más pobre del norte europeo, hoy tiene una de las economías más prósperas del continente y está entre las diez más competitivas del mundo, según el Foro Económico Mundial.

Los ingresos del país están basados en los sectores de servicios y manufacturas. Es la sede de la empresa de celulares más grande del mundo, Nokia, y alberga a las empresas papeleras y de pulpa más innovadoras del planeta. Los finlandeses gozan de un elevado bienestar y una política altamente democrática, con niveles sumamente bajos de corrupción.

Efectivamente, el país ocupa el primer puesto entre 179 naciones en el índice anual de Transparencia Internacional, en el ranking de las naciones menos corruptas del orbe. Perú, junto a México y Brasil, se encuentra en el puesto 72. Igualmente, Finlandia ocupa el primer puesto entre los países más democráticos del mundo según la fundación conservadora norteamericana Freedom House, y sus estudiantes figuran en el primer puesto en los exámenes internacionales de ciencia realizados por estudiantes de 15 años.

¿Cómo lo hicieron? Aunque el gasto público en educación con relación al Producto Bruto Interno en Finlandia es más alto que la media europea, otros países como Dinamarca y Suecia invierten mucho más y no obtienen los mismos resultados. La clave, entonces, no es una cuestión únicamente monetaria. El secreto, dijo la Presidenta, es, básicamente, el excelente nivel de capacitación de los maestros de escuela primaria.

“Tenemos una larga fila de expertos internacionales que están haciendo cola frente a las puertas de nuestro ministerio de educación para ver qué pueden aprender de nuestro sistema”, dijo Halonen al analista internacional. “Lo que les cuesta creer es que la respuesta sea tan simple como tener buenos maestros”, agregó. En el sistema educativo finlandés es necesario tener al menos una maestría para enseñar en la escuela primaria, y una licenciatura para enseñar en el kindergarten. Sólo uno de cada diez postulantes es admitido en la carrera universitaria de Educación.

Definitivamente, no es fácil para nuestro país imitar a Finlandia. Además de ser un país pobre, el atraso de nuestro sistema educativo comparado ya no con los países de Europa sino en nuestro mismo continente, es significativo. Lo más recomendable y realista, antes que esperar una revolución nacional educativa, es empezar a realizar esfuerzos y cambios a nivel regional.

De eso se trata, precisamente, el lanzamiento del Programa Red Integral de Escuelas de Cajamarca de la asociación Empresarios por la Educación – ExE y la Asociación los Andes de Cajamarca – ALAC, realizado recientemente. Las veintidós becas entregadas por Yanacocha y el Instituto Americano de Ingenieros de Minas, Metalurgia y Petróleo – Waaime, a alumnos de la Universidad Nacional de Cajamarca; y la ejecución del Programa de Alfabetización y Educación para Adultos (PAEBA) que beneficiará a setenta caseríos del distrito de Baños del Inca, elevando los niveles de educación en adultos y jóvenes, gracias a un aporte de 200 mil dólares, también de Yanacocha.

Cajamarca puede y debe continuar en la senda del desarrollo. Tiene los mejores ingredientes para lograr su propia fórmula del éxito: una inmensa riqueza minera, una juventud emprendedora y los ojos de los inversionistas del país y del mundo puestos en la zona. Además, y que bueno que ya lo está haciendo la empresa privada y algunas instituciones públicas, es imprescindible agregar a la buena receta, el simple ingrediente finlandés: “Educación, educación y educación”, de calidad.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Con razón o sin ella

Ocurrió en Cajamarca. Un ciudadano, trabajador de una empresa privada, denunció a un jovencito vecino suyo por violar a su hija. Las autoridades, por su parte, evaluaron el caso y decidieron que, mientras concluían las investigaciones, el presunto violador debía ir preso. Sin embargo, los familiares y amigos del acusado no estuvieron de acuerdo con esa decisión.

Ellos –objetivos y diligentes- resolvieron, sin mayor trámite, que el acusado era inocente, y organizaron una sonada manifestación contra la empresa donde trabajaba el demandante y padre de la víctima. ¿Por qué contra la empresa? Para que su empleador lo obligara a retirar la denuncia y, acto seguido, lo despidiera por mentiroso. De lo contrario, amenazaron los buenos vecinos, bloquearían el acceso a las instalaciones de la compañía, para castigarla por no cumplir con la voluntad de “El Pueblo”.

De nada sirvió que se explicara a los incitadores de la manifestación que, aun si la denuncia fuera falsa –cosa que sólo se puede conocer después de una investigación-, ninguna empresa puede limitar los derechos de sus trabajadores. Y que el ciudadano acusador tenía el derecho a denunciar, así como el joven denunciado tenía derecho a que se le pruebe la falta, a defenderse, y, eventualmente, a contra demandar a su acusador por cualquier perjuicio sufrido. Esas son las reglas de toda sociedad en la que se respeta el Estado de Derecho, desde aquella lejana época en que nos bajamos de los árboles.

Este episodio anecdótico, pero frecuente, genera tres consideraciones importantes que vale la pena señalar:
Primero, la fragilidad del orden social y la debilidad institucional en que se vive actualmente en el país. Cualquier grupo de ciudadanos, con razón o sin ella, se lanza a las calles, obstruye el tránsito y paraliza las actividades de cualquier establecimiento y de las mismas ciudades, para “exigir” que las autoridades o instituciones hagan lo que ellos quieren, porque así les parece mejor, porque así conviene a sus sagrados intereses o, simplemente, porque así les da la gana. Por supuesto, basta con decir que se trata de un “problema social”, para que automáticamente todas sus acciones se cubran con un manto de pureza e impunidad.

Segundo, queda demostrado que los grupos de manifestantes son incapaces de comprender que su actitud es igual o peor que la que ellos reclaman. No advierten que, aunque tuvieran la razón, las acciones y amenazas contra instituciones que nada tienen que ver en el asunto, y el perjuicio que causan a otros ciudadanos inocentes, es una respuesta injusta, abusiva y desubicada. Aun cuando se dirigieran a las personas correctas, esa no es la forma.

Cuando vivimos en sociedad, nos regimos por leyes. Existen procedimientos e instituciones a través de las cuales canalizar nuestras respuestas, desacuerdos y reclamos. No tiene más razón el que más grita, ni el que más pega. “No es necesario levantar la voz, cuando se tiene la razón”, dice un proverbio chino.

Tercero, es evidente que si las cosas continúan así nuestro país no tiene futuro. Al menos no el futuro expectante y de desarrollo que su juventud merece. Es bueno recordarlo: no basta contar con inmensas riquezas naturales, un buen mercado, ni con personal bien calificado o empresarios esforzados para tener el éxito asegurado, los peruanos debemos respetar la propiedad privada y el Estado de Derecho, si queremos atraer las inversiones necesarias para seguir creciendo y prosperar.

En una sociedad donde se respeta el Estado de Derecho, los políticos y los ciudadanos obedecen las leyes, respetan las honras, las personas tienen acceso a juicios razonablemente justos, la corrupción es mínima y aislada, las universidades enseñan e investigan, las empresas crecen e invierten, los pobladores no viven el día a día tratando de tumbar a las autoridades de turno ni destruyendo edificios públicos, y los sindicatos y los grupos de vecinos no andan efectuando demandas absurdas, en privado ni en público.

Probablemente a muy pocas personas les importe lo que está ocurriendo en el país. Los únicos que reaccionan ante los excesos de los grupos de desaforados manifestantes, son los afectados. La violencia se ha adueñado de las calles y muy pocos se atreven a señalarla por temor a convertirse también en víctimas de la barbarie. Las autoridades, la gente honorable y los líderes de opinión están paralizados por el temor a la agresión física y verbal.

Los peruanos estamos cediendo a la violencia y la sinrazón. Nos apartamos de ellas y les damos espacio, con resignación, como si se tratara de males incurables. Sin considerar que esas enfermedades, con el tiempo, pueden convertirse en el cáncer terminal de nuestra sociedad.