La primera respuesta es matemáticamente simple. Si la población quiere trabajar y Minera Yanacocha ya está contratando a diez mil personas ¿Qué necesitamos para crear otros diez mil puestos de trabajo? Una mina más.
La segunda respuesta es contradictoria y más bien triste. ¿Qué estamos haciendo en Cajamarca para que haya otra mina? Nada. Es más, nos estamos esforzando, con entusiasmo suicida, para que la única compañía minera que tenemos se nos vaya pronto.
Esa parece ser la motivación del alcalde de Baños del Inca para declarar Área de Conservación Municipal las microcuencas de su distrito. “Aquí no queremos minas, todos trabajaremos en el turismo y viviremos felices del agua termal”, parecería ser el mensaje subliminal de ese bien intencionado servidor público.
Es una grave contradicción. Mientras que los pobladores de las comunidades rechazan la actividad minera porque creen que ésta les traerá más miseria, el Gobierno Central, los economistas, los empresarios, los líderes de opinión bien intencionados y una parte significativa de la población, están convencidos de que la minería es una excelente oportunidad para salir de la pobreza y el sub desarrollo. La oportunidad nos está pateando a la puerta y no le queremos abrir.
De acuerdo al director gerente de Newmont para Latinoamérica, Carlos Santa Cruz, el Perú -que atrajo inversiones mineras por ocho mil millones de dólares en los últimos diez años-, puede -al igual que los cerca de 24 mil millones captados por Chile en el mismo lapso-, triplicar la inversión en ese sector debido a su enorme potencial. Esa, y no tirarle la puerta en la cara a doña fortuna, debería ser nuestra meta para los próximos quince años.
De hecho, la inversión minera es una de las razones por las que a nuestro vecino del sur le va tan bien en materia económica, y uno de los factores para que desde 1990 hasta el 2000, el porcentaje de chilenos que viven en la pobreza cayera casi a la mitad: del 39 al 20 por ciento de la población. Y también para que los índices de pobreza absoluta cayeran aún más: del 13 por ciento de la población en 1990 al 6 por ciento en el 2000, según datos del Banco Mundial.
Una de las razones por las que Chile es el único país de Latinoamérica que tiene su balance en azul desde hace por lo menos tres lustros –explicó el analista internacional Andrés Oppenheiner-, es porque se trata del único país de este lado del mundo que, junto a China y otras naciones del Asia y los países de la ex Europa del Este, está captando la mayor parte de la inversión mundial. Lamentablemente, para los tontos sudacas que vivimos peleando entre nosotros, casi toda la reducción de la pobreza global se está dando en China, India, Taiwan, Singapur, Vietnam y los demás países del Este y Sur asiático.
Pero ¿De qué manera ayudaría a aliviar la pobreza de Cajamarca si por ejemplo en vez de una Yanacocha hubiera dos? Para comenzar, cabría señalar que en vez de diez mil, probablemente habría veinte mil familias percibiendo ingresos directamente en la actividad minera.
En lo que respecta al canon minero, en el año 2005 en vez de recibir 285 millones de soles, nos habría correspondido el doble: 570 millones, que bien podrían haberse destinado a proyectos de desarrollo, generando más puestos de trabajo para más cajamarquinos, resultando en una espiral positiva que contribuyera a elevar el nivel de vida de la región.
Todo esto sin contar con el dinero invertido por las empresas en compras de bienes y servicios locales y sin considerar tampoco el consumo directo de esas veinte mil familias en el mercado local. A lo que debería sumarse las operaciones comerciales de los cientos de empresas contratistas que también se duplicarían y la de cientos de negocios que giran alrededor de dicha actividad. No hablemos ya de los proyectos de inversión social de las propias empresas ni del desarrollo humano con que se está capitalizando la región.
¿Es difícil lograrlo? De ninguna manera. Duplicar o triplicar la actividad minera en Cajamarca sólo está en nuestras manos, sin que eso quiera decir que el sector minero ni la comunidad en general deban olvidarse de ser sensibles con el tema ambiental y con el respeto a las comunidades. Sin descuidar el tema social es el momento de aprovechar las oportunidades, “Siempre hay que buscar un punto medio y un balance”, señaló Santa Cruz.
El reto planteado es posible de alcanzar. La fórmula sugerida por Santa Cruz no es nueva, sólo hay que aplicarla: debemos sumar los esfuerzos de las Ong, el gobierno central, regional y municipal, la sociedad civil y el sector privado para lograrlo.
Nuestro problema es que durante años hemos vivido enfrentados entre nosotros mismos. La propuesta de Santa Cruz tiene el encanto de lo simple: que todos “empujemos el carro” por el camino del éxito. Si seguimos en la senda de espantar a la inversión minera, la única alternativa real de desarrollo a la vista, en vez de avanzar recorreremos irremediablemente otros quince años en reversa.
En Cajamarca ¿Queremos trabajo? ¿Queremos desarrollo? Entonces dejémonos de contradicciones. No podemos trabajar a la peruana y esperar resultados a la chilena.