Es cierto. El objeto emblemático de la civilización y el progreso es el excusado. Ese artefacto en el que vacían su vejiga y sus intestinos los seres humanos. Su empleo –decía Mario Vargas Llosa-, determina si un pueblo vive en estado de subdesarrollo o si ha empezado a progresar.
Al respecto, existe una cifra reveladora: dos mil seiscientos millones de personas, una tercera parte de la humanidad, no conoce los excusados, las letrinas ni los pozos sépticos, y hace sus necesidades como cualquier animal, en el campo, a orillas de los ríos o en cualquier depósito que luego lanza al medio ambiente.
Siguiendo con las cifras, se estima que unos mil millones de individuos utilizan aguas contaminadas por heces humanas y de animales, para beber, cocinar, lavar la ropa, su higiene personal y para regar las huertas. A ello se debe –asegura Vargas Llosa-, que por lo menos dos millones de niños mueran cada año de diarrea y que enfermedades infecciosas, como cólera, tifoidea y parasitosis, devasten enormes sectores de África, Asia y América Latina y sean la segunda causa de la mortalidad infantil en el mundo.
Por supuesto, ése cuadro pavoroso no corresponde a Cajamarca. Una gran parte de los ciudadanos del Cumbe tiene modernos y cómodos excusados instalados en sus viviendas. Asimismo, en el campo, cada vez es más común observar pequeñas casetas –silos pintados de color celeste “Cosapi”-, instaladas en medio de las chacras. A primera vista, no parecemos un pueblo subdesarrollado.
Sin embargo, la realidad es distinta. Si bien ya no vivimos en los años de la barbarie cuando el contenido de las bacinicas –sin el menor rubor- se lanzaba a las calles, en cambio, seguimos arrojando a nuestros ríos, con total indiferencia, las aguas servidas de doscientos mil cajamarquinos.
Nuestro río Mashcon es un caso aterrador. Es –literalmente- un río de caca o de popó, para quien pueda sentirse ofendido. Una cloaca a cielo abierto. Las pozas de oxidación que recolectaban los desechos orgánicos de una buena parte de Cajamarca, colapsaron hace años y hoy rebalsan, burbujeantes, su pútrido contenido directamente al río. Por otra parte, los residuos volcados en los baños de nuestra universidad y los que salen del desagüe de la morgue viajan derechitos a la misma corriente. Por supuesto, hay que incluir las aguas de los camales y las de lluvia que barren igual las calles llenas de basura como los excrementos y los orines de animales que dan del cuerpo donde les viene en gana.
Toda esa suciedad no sólo viaja aguas abajo, sino que en su camino se emplea para regar las chacras de verduras y los corrales de animales que existen en el distrito de Jesús, “la despensa de Cajamarca”, cuyos productos se expenden en los mercados de la ciudad a vista y paciencia de todo el mundo. Claro, todos esos productos terminan servidos en nuestras mesas, luego pasan a nuestros estómagos y finalmente “regresan” a Jesús a seguir regando las plantas en un ciclo contaminante, perturbable e inacabable.
Este problema de saneamiento no es exclusivo de Cajamarca. También existe con mayor o menor crudeza en el resto del país. En la misma capital de la república los colectores de muchos distritos desaguan a la orilla del mar. Otros, con mayor cuidado, lo hacen a alguna distancia mar adentro que no es lo mismo pero es igual. Muchos coincidimos con Alfredo Bryce Echenique quien dijo alguna vez: “Lima en una urbe moderna, pero que a diferencia de otras huele a m…..”.
¿Cuál es la solución? El problema no es sencillo ni barato. Sólo los países más ricos y con la tecnología más avanzada pueden darse el lujo de tratar sus desechos orgánicos para convertir los sólidos en abono y los líquidos en agua limpia que se vierte con total seguridad, decenas de kilómetros mar adentro.
En Cajamarca, no obstante, tenemos buenos profesionales y excelentes técnicos para afrontar el problema que, al contrario de lo que mucha gente cree, no es exclusivo de las autoridades de turno, sino de todos los que vivimos en esta ciudad. Una ventaja es que ahora tenemos el dinero del canon para financiar un buen proyecto sanitario. Lo que sí es seguro, es que no podemos seguir tomando el tema con el mismo desinterés que hemos mostrado hasta ahora.
La situación se ha vuelto insoportable, de tarde en tarde, dependiendo de la dirección del viento, la ciudad de Cajamarca se inunda de los olores nauseabundos que, ya no sólo son los de la caca, también son los de la indiferencia.