viernes, 5 de diciembre de 2008

Mineros en escena

No es fácil distinguirlos. El cuento y la novela son géneros literarios confundibles pero distintos. Algunas personas los diferencian por su extensión, dicen que el cuento es una narración corta y con pocos personajes, mientras que en la novela ocurre lo contrario.

No obstante, si bien existen cuentos muy cortos como aquel del narrador Augusto Monterroso que decía: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” -nada más-, que fue considerado como el relato más breve de la literatura universal durante muchos años; también los hay muy largos como Las Mil y una Noches que, más que un cuento, es todo un compendio de historias fantásticas.

Para el maestro de la narración breve, Julio Cortázar, el cuento se relaciona con la fotografía y la novela con el film. La idea de cuento implica una sola secuencia mientras la del film, una sucesión, decía el escritor. Un cuento –añadía- evoca el concepto de la esfera, esa forma geométrica perfecta en la que un punto no puede separarse de su superficie total, y la novela, en cambio, la veo como un orden muy abierto donde las posibilidades de bifurcar y entrar en nuevos campos son ilimitadas.

No existe el mejor cuento del mundo. Cada persona tiene su favorito. Gabriel García Márquez añoraba uno que era hermoso, se trataba de un ratoncito que vio un murciélago y fue corriendo donde su mamá para contarle que se le había aparecido un ángel. Otros prefieren el Patito feo, la Cenicienta o Pulgarcito. Para mí, los mejores, y los que me marcaron para toda la vida, fueron los cuentos mensuales que narraba Edmundo de Amicis en su obra fabulosa: Corazón.

Sin embargo, hay un relato que se ha hecho famoso en todo el mundo por la cantidad de películas y obras de teatro basadas en su contenido: “Un Cuento de Navidad” (A Christmas Carol en el original inglés), del escritor Charles Dickens. Las versiones más difundidas gracias a la televisión son, probablemente, la de los muñequitos de Walt Disney, los títeres Muppets y la Navidad de dibujos animados de Mr. Magoo.

El primero en poner en escena la obra fue su mismo autor. Lo hizo ante mil espectadores en el Town Hall de Birmingham, en diciembre de 1853, maravillando a su público con el relato de sus propias historias. Dickens era el novelista más leído y apreciado de la Inglaterra de aquella época.

Su decisión de subir a un escenario, como un cómico más -contó Mario Vargas Llosa-, provocó severas críticas de sus hijos, editores y amigos que trataron de disuadirlo diciéndole que era una irresponsabilidad que alguien como él, que había alcanzado un inmenso respeto y consideración gracias a sus libros, se expusiera de ese modo al ridículo y a la vergüenza, ejerciendo el oficio de actor que, en aquellos tiempos, era visto por la gente con desconfianza y desprecio.

Charles Dickens no hizo caso a las críticas y encantó a su público durante muchos años, hasta su muerte, oficiando de relator de sus propias historias, recreando las escenas, forzando las voces de sus personajes y guardando silencios expectantes que eran la delicia de grandes y chicos en aquellos años en los que el teatro llenaba la vida de las gentes convirtiendo la dura realidad de cada día en dulces fantasías.

Un Cuento de Navidad era una de sus obras más aclamadas. Es la historia de Ebenezer Scrooge, un anciano obligado a enfrentarse con sus propias fantasías personificadas en tres espíritus: el de las navidades pasadas, la navidad presente y las navidades futuras. Scrooge recapacita ante la visión de su triste destino, se arrepiente de su mal comportamiento con las personas cercanas y con los extraños, y de su rechazo al espíritu radiante de la Navidad. Finalmente, el anciano recupera la bondad y la generosidad de su alma.

Esa es la historia que un grupo de trabajadores de la empresa Yanacocha y de algunas contratistas han adaptado y pondrán en escena en el teatro Ollanta, este viernes 5 de diciembre a las 8:00 p.m., con el título: Navidad Feliz en Cajamarca. El estreno de la obra será en el centro de la ciudad y luego la repetirán en varios poblados cercanos. Se trata de una iniciativa de los mismos trabajadores quienes, de esta manera, nos recuerdan con la dedicación de su tiempo, su esfuerzo y su talento, que lo más importante del sentimiento de la Navidad es dar un poco de nosotros mismos a los demás.

Las noches en que se presentaba Charles Dickens en un escenario leyendo episodios de sus obras más famosas, hace cerca de un siglo y medio, las entradas costaban dos dólares. Cuando las localidades se agotaban, los revendedores –que también existían en aquella época- remataban los boletos a 26 y 28 dólares. A nosotros, en Cajamarca, ver a los trabajadores mineros en escena sólo nos costará la donación de un libro que será destinado a la implementación de mini bibliotecas escolares en los colegios de las comunidades vecinas. Están todos invitados.