La noticia de un supuesto desastre ambiental en Cajamarca tenía un tono dramático. Se propaló por radio a comienzos de la semana y también apareció en un diario local. Según la nota, algunos pobladores de Apalín, distrito de Baños del Inca, denunciaron el hallazgo de unas ranitas muertas en un reservorio del lugar.
El ranicidio –de acuerdo a los redactores- sería obra de la empresa Yanacocha, pues el reservorio construido gracias a un convenio entre esa empresa privada y la municipalidad bañosina, sería alimentado por un canal cuyas aguas discurren desde la operación minera.
¿Fue eso lo que realmente ocurrió? No. Una indagación sencilla con las autoridades del centro poblado Apalín y los pobladores que viven al pie del reservorio reveló que todos los años, con las primeras lluvias de la temporada, aparecen en el canal Azufre Atunconga, ramal Apalín, distintos animales muertos.
“Nosotros los llamamos Chirrios o sapos de paja, ellos se mueren cuando viene mucha agua”, dijo uno de los vecinos del lugar. Agregó que con las lluvias llegan sapos, ratones y hasta conejos muertos y que eso “siempre ha sido así”.
Al parecer, los autores de la nota periodística –quienes no verificaron los datos- fueron inocentemente desinformados por alguien que, a su vez, quiso ser parte de una gran noticia. Si bien este tipo de informes alarmantes ya no tienen mayor repercusión en la opinión pública y los que las difunden imprudentemente sólo contribuyen a su descrédito profesional entre el público culto, es claro que responden a motivaciones que se deben analizar.
¿Por qué ocurren estas cosas? Simple, lo explicó magistralmente nuestro premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa en su artículo titulado La era del bufón. Terry Jones, un desconocido pastor protestante miamense, anunció que se disponía a conmemorar el aniversario del 11 de setiembre último haciendo una fogata con ejemplares del Corán, el libro sagrado de la religión musulmana.
Lo normal ante la provocación, estupidez o payasada del pastor Jones –comentó el escritor- es que la prensa seria tomase sus declaraciones con indiferencia, o, a lo más, que le otorgara un par de líneas en alguna página de la chismografía americana. Lamentablemente, la prensa, sin considerar el contexto de violencia política y fundamentalismo religioso del mundo de hoy, difundió la amenaza de un pobre infeliz como si hubiera sido el pronunciamiento de una super potencia atómica.
En pocos días Terry Jones se hizo famoso, pero cientos de miles de musulmanes enfurecidos amenazaron con tomar represalias contra Estados Unidos y sus aliados si se atrevían a quemar el libro con las benditas revelaciones del Islam. Tuvo que intervenir la Casa Blanca y hasta el Vaticano para que Jones renunciara a su amenaza y volviera al anonimato del que nunca debió salir. El mundo estuvo al borde de la cuarta guerra mundial que, para algunos, comenzó el 11-S y ha cobrado miles de heridos y muertos en otros miles de actos terroristas ocurridos en todo el mundo a partir de esa fecha.
Aunque la responsabilidad del escándalo fue atribuida a los diarios, radios y canales de televisión que se condujeron sin medir las consecuencias, Mario Vargas Llosa concluyó en que la prensa no pudo actuar de otro modo. Están obligados a ello porque a los lectores, oyentes o televidentes, que somos todos nosotros, les encantan las noticias “que salgan de lo común, que rompan con la rutina de lo cotidiano, que sorprendan, desconcierten, escandalicen, asusten y –sobre todo- entretenga y diviertan”. No importa si son verdad, mentira, ó una combinación de ambas, ni que manchen la honra de las personas o la reputación de las empresas.
¿Esta justificada con esto la actuación de buena parte de la prensa? No lo creo. Eso es lo que nos diferencia de los demás bichos de la creación: nosotros podemos decidir. Somos responsables de nuestras propias decisiones y capaces de elegir entre hacer las cosas bien ó –lo más fácil- dejarnos llevar por lo que hace el montón. También hay periodismo serio. De eso se trata la ética y el libre albedrío.
Sin embargo, a las publicaciones serias y respetables les cuesta mucho mantenerse en el mercado y luchar contra el fantasma de la bancarrota. Lo que vende es el chisme, la frivolidad, el escándalo y la diversión. Eso es así aquí en Cajamarca, en Lima y en el mundo entero. La mayor parte de la prensa busca que divertir y hacer el papel de bufón que le ha asignado la sociedad. Satisfacer la pasión por el espectáculo.
¿Qué sucederá ahora? Nada. La noticia del ranicidio ya se difundió y la reputación de una empresa minera responsable fue gratuitamente maltratada. Por supuesto, no faltará algún rabioso defensor del medio ambiente que señale, con una copia del diario como prueba, y excitado hasta el borde de un colapso nervioso, que la malvada Yanacocha fue causante de la muerte de los inocentes animalitos. Para eso también sirven las historias de sapos.