¿Por qué después de tantos años –algo de doce- los pobladores de las comunidades circundantes más alejadas del proyecto Conga se oponen recién a su realización? Las respuestas son varias. Como decía Jack el destripador: vamos por partes.
Las comunidades del área de influencia inmediata no se opusieron al proyecto ni a la instalación de oficinas de la empresa en las localidades de Huasmín y Celendín porque comprendieron varias cosas. En principio, que las cuatro lagunas en cuestión –aunque la verdad les duela a algunos- no les hacen ningún favor. Estas se llenan y rebalsan cuando llueve. Pero ese rebalse es innecesario y, a veces, hasta perjudicial. Como decían nuestros abuelos: “bueno es culantro pero no tanto”, y con el agua de lluvia tienen suficiente.
Comprendieron que las lagunas no filtran agua hacia abajo ni hacia los costados. De ser así, hace tiempo se hubieran vaciado. Disminuyen durante la época seca por evaporación y lo poco que se puede sacar en baldes para uso personal. El piso que las contiene es natural y simplemente impermeable. Igual que ciertos cerebros revolucionarios en los que es imposible colar alguna idea de desarrollo. Tienen claro, también, que el agua que corre bajo sus terrenos, por gravedad, no proviene de esas fuentes sino de la napa freática que también sube o baja dependiendo de las precipitaciones pluviales y su abundancia.
Los pobladores saben, además, que esa agua en ningún modo se debe usar para consumo humano y que en los meses de sequía, de mayo a setiembre, más les valdría tener una gigantesca cisterna que las pintorescas lagunas. Ni siquiera les sirvieron para promocionar el turismo vivencial en la zona, porque están en medio de nada y a nadie le importaron hasta que Conga anunció su millonaria inversión.
No se opusieron tampoco porque la empresa les explicó, mediante charlas, reuniones y talleres, exactamente lo que pretendía hacer. A los pobladores le pareció fantástico cambiar las lagunas por reservorios que multiplicaran casi por tres la cantidad de agua que contenían y, sobre todo, que la iban a poder utilizar todo el año, más que nada en esos meses en que no llueve y se secan los pastos y el ganado no da leche, y tampoco se puede sembrar nada ni tener una vida normal. Porque es cierto: el agua es vida, pero cuando hay, y sobre todo cuando la puedes usar.
Además del agua que es lo primordial, los campesinos, probablemente las mujeres más que los hombres, con esa capacidad –a veces mágica- que tienen para llevar la economía del hogar, advirtieron que una mina en la zona sería una bendición en puestos de trabajo, directo e indirecto, y otras oportunidades de desarrollo para la gente del lugar.
¿Por qué entonces existe ahora toda esta oposición al proyecto? Simple. Porque las lagunas nunca fueron el problema de fondo. Todo este conflicto, desatado por Gregorio Santos, Wilfredo Saavedra y las personas de su entorno, tiene un trasfondo político y una lucha por el poder.
Todo este lío ya no es, nunca fue, por las lagunas, Conga o Yanacocha. En el meollo de todo este asunto hay una pugna entre Santos y Saavedra por el liderazgo campesino, sumada a una ideología trasnochada de Patria Roja y sazonada por intereses particulares de cada uno de los actores que han azuzado, no a los campesinos vecinos a las lagunas, sino a los que viven más alejados con el cuento perverso de que el proyecto los va a matar de sed.
Alguien me decía que Gregorio Santos está loco, por usar de rehenes a todos los pobladores de Cajamarca para alcanzar sus fines. Pero no. No es así. Los niños, los borrachos y los locos no tienen culpa porque no saben lo que hacen. No es el caso de Goyo, él sigue sin aceptar la mano extendida del Gobierno y su propuesta de diálogo para enfrentar esta situación. Goyo no es loco, es un político irresponsable.
¿Qué se hace con gente así? En principio, no se puede ignorar a una autoridad que infringe leyes y pone en peligro la salud y la vida de miles de pobladores. Hay que denunciar lo que ha hecho y está haciendo, ante todas las instancias posibles. Luego, no hay que olvidar todo esto, para que no nos vuelva a ocurrir. Estas cosas pasan cuando en vez de elegir en las urnas a políticos serios, votamos con los ojos cerrados por líderes iluminados.