Su primer nombre fue Inga – Conga. Probablemente así la llamaron los hombres de Chavín, aquellos constructores de Pacopampa y Kunturwasi que en su tiempo poblaron Cajamarca. Fueron ellos los que edificaron en la colina, plataformas y estructuras subterráneas para enterrar a sus muertos. También tallaron cuidadosamente, en la cumbre, dos bloques de piedra que emergían del mismo cerro para utilizarlos en sus ceremonias fúnebres.
Luego tuvo un nombre quechua: Rumi Tiana, “Asiento de Piedra”, un nombre sencillo para aquella huaca en que nuestros antepasados, más adelante en la historia, adoraron a las divinidades de la lluvia, al rayo y los astros. Los españoles la llamaron primeramente San Francisco de Monte Alberna y después Santa Apolonia. Hoy, la colina alberga una capilla donde se entronizó la imagen de otra santa: la Virgen de Fátima. El pequeño cerro siempre fue un centro religioso. Un lugar místico.
Más cerca aún, en 1532, hace apenas 475 años, una finísima película en la historia de la humanidad, la colina fue utilizada como emplazamiento de guerra. Aprovechando que la cumbre se eleva a quinientos metros de altura sobre el nivel del valle, allí se situaron los cañones de Pizarro el día brutal de la captura de Atahualpa. Desde su cumbre se disparó el primer cañonazo en la historia del Perú y su estruendo, que remeció a toda Europa, se sigue escuchando, de cuando en cuando, aún en estos tiempos de la modernidad y la globalización de los mercados y la comunicación. Con más fuerza quizá por esto último.
Actualmente, la colina Santa Apolonia es un lugar de realidades encontradas. Para algunos es simplemente su barrio, un lugar donde vivir; para otros es un símbolo, quizá el más representativo de Cajamarca; los lugareños y los turistas, por su parte, encuentran en su cima un mirador inigualable y magnífico. Para el pueblo católico es un lugar de peregrinaje y oración, mientras que las autoridades la ven como una zona de alto peligro porque, como ocurre en todas las ciudades del mundo, entre la gente honrada y buena se confunden algunas personas de mal vivir que han hecho del lugar un centro de delincuencia para temor de propios y extraños.
Esa colina cajamarquina, de significados tan variados, fue “tomada” el sábado 18 de agosto por trescientos cincuenta trabajadores de la compañía Minera Yanacocha y de algunas empresas contratistas para realizar una motivadora actividad de Voluntariado Corporativo. ¿Qué es Voluntariado Corporativo? Fácil. El Voluntariado Corporativo es una actitud social. Una respuesta de las empresas socialmente responsables que promueven la participación de sus trabajadores voluntarios, con su talento, tiempo y energía, en actividades altruistas y solidarias hacia la sociedad.
¿Por qué lo hacen? ¿Cuál es la razón para que empresas como por ejemplo Yanacocha en Cajamarca, y Backus, Novasalud, Tim, Antamina y Citibank, en otras partes del Perú, fomenten entre sus trabajadores actividades de voluntariado? Los expertos señalan que hay varias ventajas: ayuda a mejorar la imagen de las empresas frente a la sociedad y a sus organizaciones, mejora el clima laboral y favorece el trabajo en equipo. Por otro lado, el Voluntariado Corporativo contribuye a mejorar las habilidades y competencias de los colaboradores. Promueve la lealtad, la motivación, el sentimiento de orgullo, y la satisfacción en el trabajo.
El sábado 18 de agosto las cuadrillas de trabajadores mineros limpiaron, pintaron y señalizaron las jardineras y las barandas de la colina Santa Apolonia. También sembraron árboles e instalaron tachos de basura, entre muchas otras labores. Ese día de trabajo voluntario fue una de la dieciséis jornadas solidarias que los colaborares de Yanacocha han realizado este año. Y otra más de las cerca de doscientas que ejecutaron el año pasado, pintando colegios, instalando juegos mecánicos para los niños en las comunidades, limpiando las orillas de los ríos, y mejorando y manteniendo la infraestructura de diversos centros educativos.
Sin embargo, y ésta es mi reflexión, para que el Voluntariado Corporativo y la solidaridad que emana de sus acciones no sean hechos aislados, puntuales y sin mayor proyección hacía el futuro, la sociedad tiene que crecer, desarrollarse y generar más riqueza. Tenemos que ingresar al círculo virtuoso del éxito: invertir, producir, vender y generar excedentes para seguir invirtiendo y poder ayudar a quienes de verdad no pueden valerse por si mismos. Si no acumulamos e invertimos más capital de manera continua jamás acabarán la pobreza extrema ni las necesidades urgentes de la población. Y nada de esto se consigue, por supuesto, promoviendo los enfrentamientos entre los pobladores y las empresas, ni buscando los conflictos entre las compañías, el Estado y los trabajadores, como intentan lograr constantemente los agitadores sociales que todos conocemos bien.
Probablemente, la mayor contribución del Voluntariado Corporativo de la compañía minera, y la de todos sus trabajadores voluntarios, sea precisamente esa: favorecer la generación de un clima de paz social, solidaridad y concordia que necesita la sociedad, junto a sus empresas, para continuar forjando el anhelado desarrollo de Cajamarca.