martes, 21 de junio de 2011

Un futuro mejor

El Vicepresidente Regional, César Aliaga, ha asumido una tarea difícil: poner en funcionamiento el nuevo Hospital Regional de Cajamarca. Aliaga, un político serio y responsable, de los que hay muy pocos, sabe bien lo que dice: la puesta en marcha no se trata de una simple ceremonia de inauguración. Ese moderno edificio, si no cuenta con el presupuesto adecuado y con profesionales médicos y administrativos competentes, no será más que un enorme cascarón. Como hay muchos en el país.

Recuerdo un accidente terrible que ocurrió hace unos años. Héctor, un alegre niño cajamarquino de apenas dos años, cayó del tercer piso de su casa y sufrió un traumatismo craneoencefálico grave que lo dejó al borde de la muerte. A pesar de que lo atendieron excelentes médicos quienes aplicaron sus conocimientos y todos los recursos técnicos disponibles para salvar al pequeño accidentado, hizo falta más: hubo que trasladarlo a Lima de urgencia para que recibiera atención especializada. Su humilde familia, como lamentablemente ocurre en muchos casos parecidos, no tenía los medios para afrontar el gasto.

El caso era delicado. Según las estadísticas del Instituto Nacional de Salud del Perú las muertes por causa violenta representan el mayor porcentaje de la mortalidad nacional. Dentro de ese grupo, los accidentes constituyen el mayor número, y el daño sufrido por el pequeño Héctor es el responsable directo de la tercera parte de la mortalidad por trauma.

Apenas se enteraron de la dramática situación, un conocido periodista, un alto funcionario de la empresa aérea Aerocóndor que todavía operaba en Cajamarca, y un grupo de trabajadores de la compañía minera Yanacocha unieron esfuerzos: realizaron gestiones y colaboraron económicamente para que el niño -junto a su madre y su médico- recibiera la atención requerida en el Hospital del Niño, en Lima.

Gracias a la generosidad de los involucrados el pequeño Héctor salvó la vida. En ese magnífico grupo de personas altruistas y comprometidas hubo un iqueño, un cuzqueño, uno que otro trujillano, varios cajamarquinos y también limeños -gracias a Dios, y que bueno para Héctor, la gente compasiva no se detiene por absurdas barreras regionalistas.

No obstante, en ese caso, como casi todo en la vida, existió un lado bueno y otro malo. El bueno, obviamente, fue que el pequeño Héctor salvó de morir y que todos los que intervinieron en el feliz milagro tuvieron la oportunidad de experimentar ese sentimiento de inmensa alegría que sólo se puede sentir al salvar una vida. Más aún tratándose de un pequeño inocente frente a semejante desgracia. Aunque estoy convencido de que la sola alegría de su madre al saberlo fuera de peligro valdría mil veces el mismo esfuerzo.

No es difícil imaginar el contento y la satisfacción de las personas que estuvieron pendientes de la salud del niño, gestionaron su traslado a Lima, coordinaron la atención médica especializada y colaboraron económicamente para su tratamiento, cuando supieron que Héctor se había salvado. Es en los momentos en que aflora lo mejor y lo más sublime del ser humano, cuando se comprueba nuestra hechura a la imagen y semejanza de Dios.

El lado malo del asunto, fue comprobar que aún existe un abismo de distancia en el tratamiento médico que podemos recibir en la ciudad de Lima y cualquier otra ciudad del país por más adelantada que esté. Los buenos médicos cajamarquinos que atendieron la emergencia no contaban con la tecnología para garantizar la vida del pequeño Héctor. Lo mismo sucede con otro tipo de emergencias médicas y hasta con tratamientos simples que, en no pocos casos, requieren de la intervención de un especialista.

Lamentablemente, la solución no pasa –como creen algunas personas bien intencionadas- por la sola construcción e inauguración de un moderno hospital. Existen muy buenos nosocomios en algunas ciudades de la costa, la sierra y la selva del Perú que igual derivan a sus pacientes para ser atendidos en Lima. La solución real, además de una instalación moderna, consiste en contar con los equipos especiales, la aplicación de tecnologías avanzadas y el personal médico con el conocimiento y la experiencia necesaria para lograr esos milagros todos los días. Por supuesto, nada de eso funciona y sobrevive si no está sostenido por una economía fuerte y dinámica capaz de afrontar los enormes costos que demandan los buenos servicios en cualquier lugar del mundo.

¿Cómo podemos enfrentar, entonces, el problema de la atención médica en Cajamarca? Simple. Lo razonable –decía un sensato analista-, es darnos cuenta de que mientras no tengamos un aparato productivo que genere las riquezas necesarias, nuestros círculos académicos no alcancen un nivel de intercambio tecnológico con sociedades más adelantadas y nuestra Cajamarca no sea una ciudad de desarrollo constante, y atractiva para que los mejores profesionales del país vengan a vivir con sus familias, niños como Héctor y otros enfermos sin posibilidades económicas para trasladarse a Lima y obtener la mejor atención médica en el país, correrán el riesgo de morir prematuramente. Esa es la realidad.

¿Qué pasó con Héctor? Nada. Actualmente debe tener unos cuatro o cinco años y probablemente se haya recuperado totalmente de ese mal episodio. Quizá siga viviendo en Cajamarca y tenga una vida normal. Si tiene suerte terminará sus estudios y se incorporará a una vida económicamente activa, en una ciudad encaminada al desarrollo, con un vibrante movimiento económico y con oportunidades para todos, como poco a poco ha venido ocurriendo en los últimos diecinueve años en nuestra ciudad, gracias a la actividad minera.

De lo contrario, le tocará vivir en una ciudad empobrecida que quizá, con mucha suerte, cubra un presupuesto de sobrevivencia gracias a los pocos impuestos que pueda recaudar de sus también empobrecidos habitantes, asfixiados por el estancamiento económico como desgraciadamente ocurre en muchas ciudades de nuestro país que no cuentan con un mercado dinámico ni con los recursos naturales mineros que tiene nuestra región. Lamentablemente, este segundo escenario es el que parece seducir a algunas de nuestras malas autoridades desde hace algún tiempo.

Ojalá que nuestros gobernantes tengan la lucidez necesaria y tomen las decisiones correctas que alienten la inversión y ayuden a Héctor, y a otros miles de niños y jóvenes cajamarquinos como él, a alcanzar un futuro mejor.