martes, 14 de junio de 2011

Las ventanas rotas de Cajamarca

La población esta alarmada. No es para menos. La inseguridad ciudadana la vivimos todos. Los delitos suceden a toda hora del día y los hay de todo calibre. Uno de los más sonados ocurrió en junio de 2008. Al estilo del lejano oeste, seis encapuchados ingresaron a un Banco en pleno centro de Cajamarca y lo asaltaron reduciendo con armas de fuego a más de un centenar de personas. Igual a las historias de Jesse James y su banda, o los mismísimos hermanos Dalton, que en su tiempo hicieron de las suyas en esos pueblos polvorientos y sin ley.

Gracias a la Divina Providencia que una vez más acudió en socorro de nuestra ciudad, el asalto y la posterior balacera no dejaron ningún muerto: el vehículo policial que persiguió a los ladrones, quienes huían en una camioneta por las estrechas y concurridas calles del centro histórico, recibió siete impactos de bala. Sus cómplices que escapaban a pie con el dinero y las armas en la mano fueron capturados por la policía con el apoyo de valientes y decididos ciudadanos.

Inmediatamente, algunos personajes lanzaron comentarios irresponsables a través de la prensa. Para ellos, los culpables de asalto, cómo no, fueron la Policía Nacional que no leyó la mente de los delincuentes y se anticipó al robo, jugándose la vida a tiros contra los criminales en las mismas calles, y la actividad minera por haber generado una dinamización económica tal que los negocios de la región pueden ser ahora un jugoso botín. Las declaraciones no sorprendieron a nadie. Los comentarios absurdos también son, desde hace algunos años, un espectáculo diario.

Lo que sí sorprendió, en cambio, fue que un grupo de delincuentes se atreviera a realizar un atraco a plena luz del día, frente a todos los habitantes y en el centro mismo de Cajamarca. Fue extraordinario porque, además de irreflexivo, era a todas luces una empresa sin futuro. Un suicidio. Suponiendo que el factor sorpresa los hubiera favorecido y concretaban el asalto ¿Cómo pensaban huir de Cajamarca? ¿Por tierra? ¿Por aire? Cualquiera de las dos opciones es un mal plan para un escape en esas circunstancias.

¿Por qué pensaron y piensan los delincuentes que aquí en Cajamarca no les va a pasar nada? La respuesta, probablemente la encontremos en la teoría de las Ventanas Rotas que elaboraron los criminólogos americanos James Wilson y George Kelling. Según su hipótesis, el crimen es el resultado inevitable del desorden que se observa en las ciudades donde prevalece el descuido, la suciedad y el maltrato a los bienes públicos. Una ventana rota en un edificio, si no es reparada pronto, se convierte en el preludio para que todas las demás sean dañadas.

En 1969 se realizó en Estados Unidos un experimento interesante: se dejó dos autos abandonados, de igual marca, modelo y color, uno en Palo Alto, California, y el otro en el temido Bronx de Nueva York. Como era de esperarse, el primero permaneció una semana intacto, mientras que el otro fue robado y semidestruido. Sin embargo, la suerte para el automóvil de Palo Alto cambió cuando los conductores del experimento le rompieron una ventana. La conclusión fue clara: un auto con una ventana rota que permanece sin atención, es un auto que a nadie importa, y por tanto se le puede saquear. De igual manera, si una comunidad presenta signos de deterioro y aparenta no importar a nadie, mostrará como consecuencia un aumento del crimen. Nos esta ocurriendo.

Durante los ochenta, el Metro de la Ciudad de Nueva York se convirtió en un servicio temible: los vagones estaban cubiertos de graffiti (pintados por vándalos) y sus estaciones eran concurridas por vagos, borrachos y drogadictos. Ocurrían asaltos, robos y todo tipo de agresiones. Los expertos en seguridad decidieron aplicar la teoría de las Ventanas Rotas para revertir la situación. La única forma de acabar con la inseguridad era perseguir los pequeños delitos.

Una vez que se aplicó la tolerancia cero, que se detuvo a la gente de mal vivir, se pintaron los vagones y se apresó a los raterillos que cometían hurtos pequeños, y las autoridades se aseguraron de que se respetaran las leyes de la ciudad, aplicando las sanciones correspondientes, los ciudadanos de Nueva York recuperaron la confianza en su sistema de transporte y a partir de allí empezó a recuperarse la seguridad y la tranquilidad en la ciudad.

Probablemente, el asalto al Banco y la temeridad con que fue realizado hace tres años, al igual que los asesinatos y robos a mano armada que ocurren con mayor frecuencia en la actualidad, sean el resultado del desinterés con que la comunidad toma hasta hoy los delitos menores. Todos somos testigos de que algunos pobladores orinan sin ningún pudor en las calles. La basura e incluso los animales muertos se arrojan en las esquinas y a los ríos impunemente. Los transportistas de servicio público no respetan las señales de tránsito y se comportan como si para ellos no existiera ninguna ley.

Las paredes con pintas políticas de campañas pasadas se ven por todos lados. Los constructores bloquean las veredas con sus materiales. Los camiones con frutas y otros productos invaden las calles, los ambulantes y los comercios formales obstruyen sin reparo, con su mercadería, el paso a los transeúntes quienes tienen que bajar a la calzada y “torear” los carros para no ser atropellados. Por otro lado, algunos vecinos cierran las vías de extremo a extremo para hacer sus fiestas o polladas cuando les viene en gana.

Todos estos delitos menores no son responsabilidad exclusiva de las autoridades. No se puede poner un policía de tránsito en cada cruce de calles ni en cada combi o mototaxi que atraviesa la ciudad, como no se puede esperar, tampoco, que haya un inspector municipal en cada esquina de Cajamarca. Es un tema de comportamiento y orden que nos involucra a todos. Se trata de temas de seguridad y de conducta ciudadana que deben observar seriamente los mismos pobladores.

Por más esfuerzos que hagan para brindarnos mayor seguridad la nueva administración municipal, nuestra Policía Nacional y algunas organizaciones privadas, como Yanacocha y la Asociación Los Andes de Cajamarca; mientras no cambiemos la forma de conducirnos en la comunidad y perpetremos o pasemos por alto los delitos menores porque creemos que a nosotros no nos afectan, estaremos invitando a los delincuentes, de aquí y de todos lados, a hacer de las suyas en nuestra ciudad.