Son las paradojas del desarrollo. Al comienzo de la década del cincuenta España estaba a la vanguardia de la industria automotriz con la fabricación de sus primeros automóviles SEAT. Mientras tanto, Corea estaba inmersa en una guerra interna devastadora que terminaría por dejar al país completamente arruinado. Actualmente, apenas cinco décadas después, mientras España ensambla vehículos de marca extranjera, Corea exporta automóviles con marcas y tecnología propia a todo el mundo, además de ser una potencia mundial en electrónica.
¿Cómo ocurrió el milagro? José Canosa, doctor en Física Aplicada por la Universidad de Harvard e investigador en el Centro Científico de IBM en Palo Alto, está convencido de que fue gracias la visión y la voluntad de los dirigentes del Gobierno y la industria coreanos, quienes a finales de los sesenta, conscientes de las deficiencias de su sistema educativo en el que las universidades estaban sujetas a rigideces tradicionales y al control de la burocracia estatal, el Gobierno creó un nuevo instituto de postgrado especializado en ciencias aplicadas y tecnología: el Korea Advanced Institute of Science (KAIS).
No fue una tarea fácil. El Gobierno coreano conciente de sus limitaciones pidió apoyo al americano y éste envió a Fred Terman, universalmente reconocido como el padre de Silicon Valley y el principal impulsor de la excelencia mundial de la Universidad de Stanford. Terman presentó sus recomendaciones en 1971 y el Gobierno las puso en práctica con rapidez y entusiasmo. Nada se interpuso en el camino, se dejaron de lado las tradiciones coreanas ancestrales e intocables, los “títulos oficiales”, y todos los argumentos en contra -supuestamente proteccionistas-, que esgrimieron en su momento los enemigos del desarrollo que también hay en Corea. Una de las primeras y más radicales recomendaciones de Terman fue que el KAIS se liberase del control del Ministerio de Educación.
En la actualidad, los graduados de dicho instituto se emplean en todos los sectores de la economía nacional, pero sobre todo en la industria, y desde 1981 han fundado más de 360 compañías de alta tecnología.
Esta historia de la educación superior Coreana publicada en la revista Ideas, viene a cuento por la reciente divulgación –en un artículo del Nuevo Herald de Miami-, de los dos principales rankings de las mejores universidades del mundo: el Suplemento Educativo del London Times y el de la Universidad de Shanghai, en los que las universidades de América Latina apenas aparecen. Efectivamente, en la lista de “Las 200 mejores universidades del mundo, 2006” del Suplemento Educativo del London Times de Londres, encabezada por la Universidad de Harvard, aparece sólo una universidad latinoamericana, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Una de las razones de esta gran ausencia es que el cuarenta por ciento de la calificación depende de la reputación que tienen las universidades en medios académicos, basada en sus investigaciones. Incluso la UNAM de México, que subió del lugar 95 el año pasado al 74 este año, obtiene la peor clasificación posible -cero- en trabajos de investigación aparecidos en publicaciones académicas internacionales.
Por su parte, el ranking de la Universidad de Shanghai, también encabezado por Harvard y otras universidades de Estados Unidos y Gran Bretaña, incluye a sólo tres universidades de América Latina entre las 200 mejores del mundo. La Universidad de Sao Paulo, la Universidad de Buenos Aires y la UNAM. Todas abajo del puesto 100.
Otra paradoja, según los expertos, es que la evolución académica de las universidades no depende de cuánto dinero gastan los países en ellas, sino de cómo lo gastan. Mientras que en Estados Unidos, Europa y los países emergentes del Asia tienen grandes incentivos para mejorarse, en Latinoamérica estamos acostumbrados a recibir dinero de nuestros gobiernos sin tener que rendir cuentas. Asimismo, nuestros gobiernos dan la mayoría de los fondos para la educación superior a las universidades, en lugar de dárselo a los estudiantes. Esto último permitiría escoger dónde quieren estudiar, e incentivaría la competencia entre las universidades por mejorar la calidad de la enseñanza.
Por nuestra parte, lamentablemente las universidades peruanas, a pesar de que las hay muy buenas, no aparecen en el ranking. Este hecho debe hacer reflexionar seriamente a nuestro Gobierno y a la sociedad en su conjunto sobre nuestra situación. Si los expertos señalan que él único país con futuro económico expectante en la región es Chile, y encima no prestamos atención a lo que esta ocurriendo en la formación universitaria de nuestros jóvenes, la suerte esta echada.
¿Y las universidades de provincias? Bien, gracias. Ellas no aparecen por ningún lado. ¿Podemos hacer algo al respecto? Por supuesto. Podemos recurrir a las medidas de costumbre, como por ejemplo emitir un pronunciamiento contra el imperialismo norteamericano, el capitalismo salvaje, la globalización, las transnacionales mineras y el TLC incluido, culpándolos por el bajo nivel académico de los estudiantes peruanos. Otra medida, algo más pro activa y emocionante, sería bloquear una carretera –de preferencia una bien concurrida-, para exigir a los evaluadores insensibles que se nos incluya en esa selecta lista.
Sin embargo, no parece que aquellas maneras tan nuestras de enfrentar nuestros problemas nos vayan a servir de algo en esta oportunidad. Quizá la mejor solución sea empezar como Corea: reconocer que necesitamos cambios significativos en nuestro sistema educativo y realizar un sincero y desapasionado análisis de la situación académica universitaria en el país.
Con respecto a Cajamarca aquí tenemos gente de muchísimo talento, y podrían ser infinitamente mejores. Pero para lograrlo tenemos que dar el giro que necesita nuestra universidad y colocarnos en el camino correcto: el camino del desarrollo.