El Congreso de Estados Unidos aprobó recientemente la construcción de un muro de mil doscientos kilómetros en la frontera con México para evitar la inmigración ilegal. La obra, que costará al pueblo americano la bicoca de siete mil millones de dólares, pasará por cuatro Estados: Arizona, California, Nuevo México y Tejas. Tendrá dos vallas, sistema de reflectores, rejas, sensores y radares de última generación, para hacerlo infranqueable a esos indeseables espaldas mojadas que traspasan ilegalmente la frontera y les quitan los puestos de trabajo a los gringos.
Son miles los ilegales que cruzan la frontera diariamente. No se sabe el número exacto, pero conociendo la cifra sólo de repatriados centroamericanos se puede tener una idea del impresionante flujo humano. Según el Instituto Nacional de Migración, en el 2004 fueron repatriados 200 mil centroamericanos. Se estima que en Estados Unidos viven actualmente entre 11 y 12 millones de indocumentados.
Al respecto, nuestro famoso escritor y periodista Mario Vargas Llosa, quien, nota aparte, acaba de recibir el Premio Cabot, el galardón internacional de comunicación de la prestigiosa Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, está convencido de que el dichoso muro –si en verdad llega a construirse- no servirá para nada, y que eso, además, “lo sabemos todos, incluido el gobierno americano”. Y la razón de su inutilidad, dice Vargas Llosa en un artículo publicado en el diario español El País, es simple: aún quedarán otros dos mil kilómetros de frontera sin muralla para ser franqueada por todos los mexicanos, centroamericanos y sud americanos que así se lo propongan.
¿Por qué entonces tanto teatro? Fácil. Porque las elecciones para renovar la Cámara de representantes, y parcialmente el Senado y las gobernaciones será en noviembre, y con el afán de conseguir votos, en Estados Unidos como aquí en el Perú, los políticos calculadores acuden a los temas sensibles entre la población para utilizarlos como caballito de batalla o si se quiere, como anzuelo electoral.
Salvando las distancias, lo mismo está ocurriendo en Cajamarca: los pobladores hemos construido un muro imaginario alrededor de la idea peregrina de que todos los puestos de trabajo que se generan en cualquier actividad económica en la región y de preferencia en las operaciones mineras, deben ser exclusivamente para los trabajadores cajamarquinos.
Lamentablemente, en nuestro caso, con ese muro mental a quienes estamos vetando no es a trabajadores extranjeros sino a nuestros propios compatriotas, y esa concepción excepcional de los mecanismos del mercado laboral que todos hemos aceptado hasta ahora como una condición natural e inofensiva, se está convirtiendo en uno de los obstáculos de nuestro propio desarrollo. Me explico.
Al principio, los pobladores de la ciudad de Cajamarca reclamaban contra los trujillanos, chiclayanos, arequipeños, puneños y limeños, por los puestos de trabajo que, supuestamente, aquellos foráneos les estaban arrebatando en la actividad minera. Posteriormente se sumaron al reclamo los pobladores de las comunidades aledañas, y extendieron su queja contra los mismos cajamarquinos porque les estaban “quitando oportunidades”. “Nosotros somos los dueños de la tierra y tenemos más derecho”, decían los comuneros. Luego aparecieron los reclamos de los verdaderos ex propietarios, quienes, cómo no, también reclamaban su derecho divino y rechazaban cualquier competencia.
Con el tiempo los reclamos se agudizaron y los comuneros de Tual, por ejemplo, ya no permitían que los vecinos de Quilish ni los de Porcón trabajaran en “su” zona. De igual manera las empresas mal llamadas “comunales”, no aceptaban que ninguna otra compañía, ni siquiera las cajamarquinas, obtuvieran un contrato de obra en su comunidad. Ahora resulta que los de Bambamarca rechazan a los cajamarquinos, y los de Hualgayoc a los de Bambamarca. Una locura colectiva.
El caso quedaría en los anales de lo anecdótico si no fuera porque al cierre de esta nota, la compañía minera Gold Fields anunció la paralización de sus actividades debido a que un grupo de pobladores de Hualgayoc le exigen que todos sus trabajadores sean naturales de la zona –los demás, cajamarquinos incluidos, son foráneos- y que, aunque la empresa sólo necesite trescientos trabajadores, se comprometa a contratar dos mil quinientos. De igual manera, los empresarios lugareños demandan contratos para las más de noventa compañías creadas con el único objetivo de trabajar con dicha empresa minera, cuando lo más probable sea que en la etapa actual del proyecto sólo se necesite unas diez del tipo de servicios que ellas le puedan brindar y quien sabe menos. ¿La razón para contratar a todo el mundo? Simple: “Responsabilidad Social”.
La necesidad de trabajo de los pobladores de Hualgayoc así como los de Cajamarca y el resto del país es real. Además, todos tenemos derecho a tener sanas expectativas por un futuro mejor para nuestras familias. Lo imperdonable es que esas necesidades, así como el hambre y la pobreza de nuestros compatriotas sean manipulados por políticos que azuzan a la población contra cualquiera con tal de obtener votos, y por otros políticos oportunistas que, en vez de analizar la situación con objetividad y justicia para proponer alternativas de solución razonables y creativas a los conflictos por expectativas insatisfechas, adelantan opinión sin importarles las consecuencias.
Lamentablemente, lo sabemos, aquí en Cajamarca, como allá en Estados Unidos, cualquier tipo de muro construido para evitar la presión por puestos de trabajo es inservible. La única manera de frenar la demanda laboral, tanto foránea como local, es que Trujillo, Chiclayo, Arequipa, Chota, Bambamarca, Jaén y la misma Hualgayoc, ofrezcan a sus pobladores diferentes y mejores oportunidades de trabajo y desarrollo, y la promesa de un futuro mejor que, por ahora, sólo se encuentra en Cajamarca alrededor de sus expectantes proyectos mineros. Y ese cambio no va a suceder de la noche a la mañana. Nuestro gobierno tiene la gran tarea de impulsar la reactivación de otras actividades económicas en todo el país.
Lo cierto es que si seguimos en nuestro empeño de no dejar madurar ningún proyecto minero por los motivos que sea, en un futuro no muy lejano no habrá trabajo para nadie en ese sector. El problema de fondo, quizá, es que intentamos remediar problemas sociales con soluciones empresariales y viceversa. Y cada vez que hacemos eso abrimos la puerta del averno, una puerta por donde se meten los demonios que frenan nuestro desarrollo.