Ha pasado casi un lustro desde que publiqué la nota Feria de Fongal: un mal negocio; y como los Borbones de la historia “no hemos aprendido nada ni hemos olvidado nada”. Seguimos igual. Los errores que se cometieron en el 2007 siguen cometiéndose hoy en día. Incluso los actores de esa lamentable historia, que incluyo a continuación, siguen siendo los mismos.
Que gane “el más mejor”, es el título del libro en el que Eduardo Engel y Patricio Navia, dos académicos de las universidades de Nueva York y New Haven, en Estados Unidos, enfatizaron la competencia y la meritocracia como temas básicos de agenda para mantener viento en popa el desarrollo de Chile.
La obra pretendía instalar en el quehacer nacional un debate que promoviera importantes reformas a favor de la meritocracia y la competencia en los mercados. Y generar en las empresas y los empresarios la idea general de competitividad, un concepto que no siempre encuentra acogida en los sectores político y empresarial de nuestros países sub desarrollados, y por esa vía contribuir al crecimiento.
Ser competitivo o morir. No hay más alternativa. La globalización de la economía y las comunicaciones han creado al nuevo consumidor: países, empresas, e individuos que producto de un proceso paulatino de cambio, ahora exigen calidad en los productos, excelencia en los servicios y precios sensatos a contratistas y proveedores. Lo que hoy se conoce como “condiciones competitivas de mercado”.
Es decir, que nuestros empresarios deben esforzarse por mejorar para competir en un mercado abierto y exigente, y olvidarse de aquellas prácticas nefastas de los negocios de favor, tan comunes en nuestro país, en los que la calidad total no tiene ninguna importancia.
Esa nueva manera de enfocar los negocios también existe en Cajamarca. Pero no del todo: aún subsisten instituciones con carácter de empresa que no han abandonado los podridos hábitos de épocas pasadas y que en vez de ofrecer competitividad sobreviven a base de favores, agonizando indefinidamente en un mercado que tiene estándares cada vez más altos, con el argumento peregrino de que ayudarlas, a pesar de su refractaria disposición al cambio, es una asunto de “responsabilidad social”. Grave error.
La Feria de Fongal es un caso representativo y repetitivo. ¿Por qué fracasó la feria de ese año? A decir de algunas personas, el sonado desastre empresarial se debió a la ausencia total de imaginación y capacidad en los realizadores. Otros, en cambio, argumentaron que se presentaron muy malos espectáculos, que faltó organización y que más bien hubo un desorden general. En lo que estuvo de acuerdo la mayoría es en que la feria no ofreció nada nuevo ni atractivo a los asistentes. Es probable que ocurriera todo junto.
No obstante, aunque legitimas, esas no fueron las verdaderas causas del fracaso. En realidad sólo fueron los síntomas de una enfermedad terminal que padecen muchas instituciones en nuestro país: no son organizaciones competitivas.
Fongal, por otra parte, perdió hace tiempo su carácter básicamente productivo para convertirse en un espectáculo. Un evento importante sin duda por cuanto constituye todo un símbolo apreciado por la comunidad y por el atractivo turístico que representa. Pero, la razón de ser de Fongal era -y ha dejado de ser- el fomento de la ganadería lechera. La verdad es que los productores ya no están en Fongal. Quedan unos pocos socios, cuya actividad central es la feria de Fiestas Patrias que se ha convertido en el verdadero contenido de la palabra Fongal en Cajamarca. Cuando se habla de Fongal, ya no se habla de ganado, sino de una serie de espectáculos de mayor o menor calidad.
Así las cosas, se supone que la Feria de Fongal debiera ser al menos un buen negocio, o, siquiera, un atractivo turístico para Cajamarca. Pero ocurrió todo lo contrario.
Un buen negocio –dicen los empresarios exitosos-, es cuando todos ganan. El caso Fongal fue al revés: todos perdieron. Perdieron los asistentes que se sintieron timados con el valor de las entradas. Perdieron los comerciantes quienes no alcanzaron las ventas proyectadas. Las vianderas de toda la vida, por ejemplo, se quedaron al fin de feria con la comida fría y la cerveza caliente esperando a los comensales que nunca llegaron. Perdieron los auspiciadores que, además de dinero, no mejoraron en nada la imagen de sus firmas, si acaso no las desmejoraron por presentarlas en un evento muy mal organizado, y perdió la misma Feria a la que aún le cuesta recuperarse del descalabro empresarial. También hubo denuncias en la prensa, por corrupción.
En realidad la Feria viene haciendo agua desde hace varios años. La falla es de origen: la organización del evento lejos de basarse en una detallada y exhaustiva planificación empresarial está asentada en la improvisación. En vez de financiarse con recursos propios o con créditos respaldados por sólidos flujos de caja, basa su economía en “auspicios” y donaciones que buena y generosamente puedan obtener de otras compañías o instituciones. Esas son relaciones empresariales distorsionadas que no pueden conducir a nada positivo: alguien tiene necesariamente que perder para que el otro pueda ganar. Otra vez un mal negocio.
Por otra parte, la meritocracia, otro tema básico en la agenda del desarrollo del libro Que gane “el más mejor”, es otra de las grandes ausentes en este tipo de instituciones moribundas. La tesis es simple: las organizaciones son más productivas, eficientes y competitivas, si al contratar a un profesional se fijan en sus antecedentes académicos y en su experiencia, y no en el grado de amistad, en su apellido o en el lugar de donde provienen. La competencia –señalan los autores- es la clave en este campo. Un mal común que todavía nos aqueja.
Lo dicho. La calidad de una sociedad depende del tipo de organizaciones empresariales que en ella predominen. Si la sociedad cuenta con empresas dinámicas e innovadoras, le espera el éxito y la paulatina desaparición de la pobreza. Si, por el contrario, apoya y mantiene, por un mal entendido respaldo social, los proyectos empresariales improvisados, aventureros, insolventes financiera y moralmente, con bajo rendimiento técnico y profesional, el desempeño general será mediocre.
¿Debe desaparecer la Feria de Fongal? No. De ninguna manera. La Feria tiene que reinventarse, que innovar, dejar de vivir en los tiempos de la belladona para venir con los vientos del cambio a la actualidad; y la comunidad entera, incluido su pujante sector empresarial, deben reconsiderar su tradicional “apoyo” a Fongal. En una economía de mercado, como la que necesita Cajamarca para continuar su desarrollo, los conceptos de “apoyo”, donación, o como eufemísticamente lo llaman: “auspicio”, tienen que ser sustituidos por conceptos de competitividad y eficiencia.
Si Fongal quiere seguir siendo un gran espectáculo, excelente. Pero que sea muy bueno y rentable. “El más mejor”. Un buen negocio donde ganemos todos.