La noticia trajo una desazón de muerte a la población mundial. El jueves 15 de octubre Falcon Heene, un niño americano de apenas seis años, desapareció de su casa. Se temía que estuviera a bordo de un globo de helio casero con la forma de platillo volador fabricado por su propio padre. El artefacto, que volaba a mil ochocientos metros del suelo y a una velocidad de cincuenta kilómetros por hora, fue seguido por un helicóptero de la policía y las cámaras de televisión hasta que tocó tierra y se confirmó que estaba completamente vacío. El niño fue encontrado horas después en el ático de su casa. Estuvo escondido allí mientras que el mundo entero observaba en sus pantallas, con el corazón en la mano, las maniobras del inservible rescate.
Las autoridades empezaron a sospechar que todo no fue más que un simple engaño cuando el niño comentó, con la más cándida inocencia, que lo había hecho: “por el show”. Efectivamente, aunque el padre del niño aseguró sentirse “horrorizado” ante las acusaciones de haber querido generar publicidad a través de la prensa, algunos días después la madre, quien había participado en un reality show de la televisión estadounidense, confesó acosada por las investigaciones que ella y su esposo instruyeron a sus tres hijos en el montaje del engaño. Ambos adultos serían denunciados por los delitos de conspiración, obligar a delinquir a un menor y mentir a las autoridades. La pena a aplicarse sería de hasta seis años de cárcel y medio millón de dólares de multa.
En octubre también, un poco más cerca, en Lima, los peruanos también vivimos nuestro escándalo mediático. Una noticia que dio la vuelta al mundo y puso en vergüenza a nuestro país, dio cuenta de que un desconocido había robado un pulmón de la exposición El cuerpo humano: Real y fascinante. El órgano plastificado apareció días después, y gracias a un confuso e-mail donde se señalaba que la organizadora de la muestra, Susan Hoefken, había inventado el hurto para generar publicidad y atraer espectadores a la muestra, se generó una cacería de brujas. Se acusó a la empresaria de haber montado el delito como una estrategia de marketing. Al cierre de esta nota, una sorprendida acusada aseguraba que todo sucedió tal y como ella lo dijo. Las investigaciones continúan para encontrar al ladrón o identificar al mentiroso. De comprobarse que se trató de una mentira se habría incurrido en el delito de falsedad ideológica.
Más cerca todavía, en Cajamarca, el lunes pasado se intentó repetir un sabotaje de escándalo que ocurrió hace casi una década. En aquella fecha aciaga un grupo de ecologistas paisanos “encontraron” una gota de mercurio en un lavatorio de agua y con ese “hallazgo” de metal líquido pegaron un susto de muerte a los pobladores del Cumbe: les hicieron creer que las tuberías de la ciudad estaban contaminadas por Yanacocha. Las investigaciones demostraron después lo que era verdad a simple vista: que aquella gota de mercurio tuvo que haber sido sembrada por la mano de algún interesado en generar el conflicto.
¿Por qué no podía ser de de la empresa minera? Porque era, sencillamente imposible, que aquella gota perversa hubiera salido de las instalaciones de la mina para bucear por debajo de cuarenta kilómetros de cerros y emerger y zambullirse nuevamente en una poza de agua potable de la Planta El Milagro. Y que luego viajara por la red de tuberías de la ciudad, subiera por una instalación doméstica y aterrizara justo en el lavatorio de un inocente vecino. Un cuento.
Como también lo fue el de la semana pasada cuando se conoció la noticia de que en el canal Quishuar que abastece de agua a una significativa población campesina, se había encontrado trazas de mercurio. Por supuesto mucha gente, sin mediar ninguna investigación, inmediatamente responsabilizó del hecho a Yanacocha. La empresa minera por su parte, se apresuró a hacer su descargo público. A través de un Comunicado de Prensa aclaró que el metal líquido no salió de su operación y que esa aseveración se podía corroborar técnicamente: el mercurio que se obtiene de sus operaciones como un sub producto puede ser identificado por las autoridades gracias a una especie de “huella digital” en su composición. Esa, no la sabían los saboteadores.
La empresa minera agregó en su comunicado que no es la primera vez que se producen actos de esta naturaleza y que sólo en este año han sido objeto de hasta seis intentos fallidos de sabotaje de diversa índole. Yanacocha –dijeron- espera que se identifique positivamente a los responsables de este nuevo sabotaje a su empresa y a la actividad minera en la región. El delito, en este caso, no fue como las mentiras del niño del globo o el robo del pulmón: una supuesta búsqueda de publicidad. Con la siembra del mercurio, se trató de dañar a una compañía minera importante para el país y a una población entera que depende de ella. Un crimen que linda con el terrorismo.
¿Se identificará a los responsables de este nuevo delito? Difícilmente. Los sabotajes se planean precisamente para que ello no ocurra. Si bien es relativamente fácil demostrar que el mercurio encontrado no es de Yanacocha, por otro lado es muy difícil señalar al verdadero responsable: cualquier persona puede comprar mercurio en las farmacias (termómetros) o en el mercado negro y tirar unas cuantas bolitas en cualquier cauce de agua. Tendría que ocurrir un soplo o un arrepentimiento.
Probablemente por eso es que nos encantan las series policíacas y de investigadores certeros de la Warner Bros. Entertainment y de la televisión norteamericana en general. En ellas, los médicos forenses, las mediums y los mentalistas, se las ingenian, valiéndose de cadáveres, fantasmas y percepciones extra sensoriales, para dar con los delincuentes. Ellos, en la ficción, hacen la justicia que en la vida real es imposible aplicar.
El caso del mercurio sembrado en el canal Quishuar quizá pueda ser solucionado por el famoso Dr. Cal Lightman y su grupo de detectives de la nueva serie de misterios del canal FOX: Lie To Me (Miénteme) Lieghtman, en la ficción, es capaz de detectar cualquier mentira con solo observar los ojos y los gestos de cualquier persona. Es un experto en detectar cuentos.