Lo expuso Mariano Grondona en uno de sus brillantes ensayos: las personas responsables tratan de mostrar la realidad hasta que su audiencia termine por darles la razón, aunque con ello sufran un alto costo político o de imagen. Grondona ejemplarizó su afirmación con la advertencia que hizo Winston Churchill a los ingleses sobre el peligro que representaba Hitler. Durante años, los ingleses apegados a la ilusión de la paz no le creyeron, y al final, luego de muchos cuestionamientos al gran estadista, cuando el nazismo se despojó la careta, sus compatriotas le dieron la razón, pero ya era demasiado tarde.
En el otro extremo del espectro, en cambio, están las personas del montón, aquellas que sólo aspiran a manejarse con astucia en el mundo de las apariencias para despertar la ovación de la tribuna. Se trata de personas que están dispuestas a disfrazar la realidad porque, simplemente, ello conviene a sus intereses. ¿Pero es tan fácil engañar a la población? Por supuesto. La respuesta es de Maquiavelo: “Aquel que quiera engañar, siempre encontrará a quienes desean ser engañados”.
Estas reflexiones vienen a cuento, debido al rechazo aparentemente irrazonable del “ecologismo” local a las declaraciones del gerente de Asuntos Externos de Yanacocha, Ricardo Morel, sobre el atentado contra una tubería del sistema de operaciones de la compañía minera. Morel trató de mostrar la realidad: Él describió los hechos, narró como manos asesinas quemaron varios metros de una tubería especial que contenía soluciones químicas, con el único fin de derramar su contenido sobre los terrenos de las poblaciones vecinas y contaminarlas, para que después esos mismos pobladores, victimas de posibles intoxicaciones y quizá de resultados más graves, se volvieran, presas del terror, en contra de la empresa minera.El funcionario calificó el cobarde atentado como “terrorismo ambiental”.
Sin embargo, los simuladores no se quedaron callados. Salieron a los medios de comunicación para rasgarse las vestiduras y poner el grito en el cielo por la “terrible” denominación. No les gustó. Hasta dijeron que era sospechoso que el funcionario minero hablara de terrorismo ambiental justo en el momento que el Presidente de la República hablaba de condenar a muerte a los terroristas. ¿Por qué la preocupación?
¿Por qué los “ecologistas” no quieren llamar “terrorismo ambiental” al terrorismo ambiental? Fácil. La razón la dio el Rabino Jaim David Zuderwar en sus conclusiones sobre la Organización de la Conferencia Islámica realizada en Kuala Lumpur, Malasia, en agosto de 2003: “Es que Definir es poner límites y por ende asumir compromisos”.
Definir –dijo el Rabino- es educar y establecer normas de conducta. Tenía razón. Si definimos lo que es “terrorismo ambiental” probablemente descubramos que muchas de las conductas, declaraciones y denuncias sin fundamento sobre la supuesta irresponsabilidad del cuidado ambiental de la actividad minera formuladas por los mal llamados “ecologistas” es precisamente eso: “terrorismo ambiental”.
No obstante, más allá de las declaraciones del funcionario de Yanacocha y del rechazo ya no tan absurdo del “ecologismo” local a la denominación de terrorismo ambiental, duele comprobar que, mal que pese, en nuestra Cajamarca convivimos con gente capaz de cometer este tipo de acciones criminales que no mide las consecuencias de sus atentados contra la minería ni el ecosistema, ni se frena ante la posibilidad de dañar y de dar muerte a miles de animales y de personas inocentes. Eso, aunque los “ecologistas” no lo quieran Definir, se llama “terrorismo ambiental”.
Cajamarca tiene que unirse contra esa forma de terrorismo y evitar que los simuladores sigan utilizando la demagogia y la ignorancia para mantener a la población aterrorizada. Si no lo hacemos, nos irá muy mal.